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  • Amenhotep I, la momia real que nadie desenvolvió, abierta por tomografía

    Amenhotep I, la momia real que nadie desenvolvió, abierta por tomografía

    En el verano de 1886, Gaston Maspero, director del Servicio de Antigüedades de Egipto, tenía en el Museo de Bulaq una momia que no se atrevió a abrir. Estaba envuelta en lino anaranjado y cubierta de guirnaldas de flores secas. Sobre la cara llevaba una máscara de madera pintada que alguien había colocado con mucho cuidado casi tres mil años antes. Aquel mismo año Maspero desenvolvió a Ramsés II y a otros reyes. A este lo dejó como estaba.

    El paquete contenía a Amenhotep I, segundo faraón de la dinastía XVIII, que reinó más o menos entre 1525 y 1504 antes de nuestra era. Esas fechas dependen de una cronología que todavía se ajusta y se discute. Durante 135 años fue la única momia real del gran escondite de Deir el-Bahari que nadie había desvendado en época moderna. Hasta que se escaneó.

    Un escondite, una familia de saqueadores y una momia intacta

    La historia empieza antes, en 1881. Durante años habían ido apareciendo en el mercado de antigüedades de Luxor objetos que solo podían salir de tumbas reales. El rastro llevó hasta la familia Abd el-Rassul, de Qurna, que había dado con un pozo en los acantilados de Deir el-Bahari, la tumba conocida hoy como DB320 o TT320. Cuando Émile Brugsch, ayudante de Maspero, bajó por el pozo, encontró ataúdes amontonados a lo largo del pasillo: Seqenenra Tao, Ahmose I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II… y Amenhotep I.

    Los reyes no habían sido enterrados allí. Los habían llevado los sacerdotes de Amón de la dinastía XXI, hacia el 1000 antes de nuestra era, cuando el valle de los Reyes llevaba tiempo sufriendo saqueos. Recogieron los cuerpos, los arreglaron como pudieron y los guardaron juntos en un lugar más discreto. Dejaron notas en tinta sobre algunos vendajes y ataúdes: quién había hecho la restauración y en qué momento.

    El desvendado como espectáculo

    Lo que Maspero hizo con los demás reyes era lo habitual en su época. En la Inglaterra de la década de 1830, el cirujano Thomas Pettigrew desvendaba momias ante un público que pagaba entrada, y a ese tipo de actos se acudía como a una conferencia de sociedad. En El Cairo, el desvendado de Ramsés II en 1886 se hizo con autoridades presentes. Con cada momia abierta se ganaba información y se perdía otra que ya no podía recuperarse: la posición de los amuletos, el orden de las capas de lino, las reparaciones antiguas. Muchos cuerpos quedaron dañados para siempre.

    Amenhotep I se libró por su aspecto. Deshacer aquel envoltorio suponía destruir la máscara y las guirnaldas, y Maspero no quiso hacerlo.

    Qué hicieron Saleem y Hawass

    En diciembre de 2021 la radióloga Sahar Saleem, de la Universidad de El Cairo, y el egiptólogo Zahi Hawass publicaron en la revista Frontiers in Medicine el estudio «Digital Unwrapping of the Mummy of King Amenhotep I». Habían pasado la momia por un tomógrafo computarizado, el mismo tipo de TAC que se usa en cualquier hospital. El aparato toma cientos de cortes de rayos X y un programa los combina en un volumen tridimensional. Después, sobre la pantalla, se pueden retirar una a una las capas de lino, dejar a la vista el esqueleto o reconstruir la superficie de la cara.

    A esa técnica la llaman desvendado digital. Hace lo mismo que se hacía en el siglo XIX, pero sin tocar nada.

    El rey debajo del lino

    Según el estudio, Amenhotep I murió con unos 35 años. Esa edad se estima por el estado de los huesos y los dientes, así que hay que tomarla con un margen de varios años. Medía alrededor de 169 centímetros, estaba circuncidado y tenía buena dentadura. El escáner no mostró lesiones ni enfermedades que expliquen su muerte, de modo que la causa sigue sin conocerse.

    La reconstrucción de la cara dio un mentón estrecho, una nariz pequeña y fina, pelo rizado y los dientes superiores algo adelantados. Saleem señaló que se parecía a su padre, Ahmose I, cuya momia sí se conoce sin vendas. Es una comparación a simple vista, sin ningún análisis genético detrás.

    Entre las capas de tela aparecieron unos treinta amuletos y un cinturón hecho con cuentas de oro, que el escáner situó sobre la momia sin necesidad de moverlo. Desvendar el cuerpo a la manera de 1886 habría obligado a sacarlos, y se habría perdido para siempre el lugar exacto de cada uno. El equipo describió además su posición y el método de embalsamamiento, lo que sirve para comparar a este rey con los que lo precedieron y lo siguieron.

    Las reparaciones de la dinastía XXI

    Buena parte del interés del estudio está en las huellas de la restauración antigua. La tomografía mostró daños que Saleem y Hawass atribuyen a los ladrones de tumbas: la cabeza y el cuello separados del tronco, además de daños en un brazo y en otras partes del cuerpo. Los sacerdotes de la dinastía XXI los arreglaron. Volvieron a unir la cabeza con vendas empapadas en resina, taparon los huecos con lino y dejaron amuletos entre las capas nuevas.

    Esto afecta a una discusión que sigue abierta. Una parte de los egiptólogos sostiene que el traslado de las momias reales en la dinastía XXI fue también una forma de aprovechar el oro de los enterramientos: al recoger los cuerpos, el propio Estado se quedaba con lo que tenían de valor, en años de escasez. El cinturón de oro de Amenhotep I no encaja bien con un despojo sistemático, y Saleem y Hawass lo presentan como prueba de que a los sacerdotes les interesaba reparar al rey.

    El argumento tiene límites. Un cinturón en una sola momia no demuestra cómo se trató a todas, y quienes defienden el reciclaje de los ajuares no dicen que se quitara todo en todos los casos. Lo que el escáner confirma son las reparaciones. La intención de quienes las hicieron sigue siendo una interpretación.

    Lo que queda pendiente

    El estudio responde a lo que responde una tomografía: forma, densidad, posición. No indica de qué murió el rey ni permite fechar el cuerpo con precisión. Tampoco sustituye un análisis de ADN, que no se hizo, ni los análisis químicos de las resinas, que exigirían tomar muestras. La edad de unos 35 años se apoya en criterios pensados para esqueletos actuales, y aplicarlos a poblaciones antiguas añade incertidumbre.

    Amenhotep I está hoy en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia, en Fustat, con las guirnaldas y la máscara en su sitio. Por fuera se ve igual que en tiempos de Maspero, pero de lo que hay debajo ahora se sabe bastante.

    Amenhotep I, la momia real que nadie desenvolvió, abierta por tomografía
    various, Public domain, vía Wikimedia Commons
  • ¿La daga de hierro de Tutankamón está hecha con un meteorito?

    ¿La daga de hierro de Tutankamón está hecha con un meteorito?

    Sí. En 2016, un equipo del Politécnico de Milán, la Universidad de Pisa y el Museo Egipcio de El Cairo analizó la hoja por fluorescencia de rayos X. Midió un 10,8 % de níquel y un 0,58 % de cobalto en peso, una proporción que el hierro fundido a partir de mineral no alcanza y que coincide con la de los meteoritos metálicos. Se discute todavía quién forjó la daga y dónde lo hizo, no de qué está hecha.

    Howard Carter la encontró en 1925 entre las vendas de la momia, junto al muslo derecho del rey. Tiene una empuñadura de oro rematada en cristal de roca y una vaina también de oro. Durante décadas se sospechó que su hierro venía de un meteorito, porque la hoja apenas tiene óxido y además el hierro era un metal rarísimo en el Egipto de la dinastía XVIII (Tutankamón reinó aproximadamente entre 1332 y 1323 a. C.). Hasta 2016 nadie lo había medido.

    ¿Cómo se sabe que el hierro vino de un meteorito?

    El estudio lo firmaron Daniela Comelli y sus colegas en Meteoritics & Planetary Science (doi:10.1111/maps.12664). Usaron un espectrómetro portátil de fluorescencia de rayos X, una técnica que no toma muestra ni daña la pieza: bombardea la superficie y lee la radiación que devuelve cada elemento. El análisis se hizo dentro del propio museo.

    La clave está en el níquel. El hierro metálico que cae del espacio es una aleación de hierro y níquel, casi siempre con más de un 5 % de níquel y con cobalto en una proporción bastante fija. El hierro obtenido en el horno a partir de mineral terrestre sale con muy poco níquel. La hoja de Tutankamón queda de lleno en el rango meteorítico.

    El equipo comparó además la composición con la de los meteoritos catalogados en un radio de 2.000 kilómetros alrededor del mar Rojo. El más parecido era Kharga, un meteorito metálico recuperado en el desierto occidental egipcio en el año 2000. El artículo habla de una composición compatible y no afirma que la hoja salga de ese meteorito concreto. Esa diferencia se pierde a menudo al contar el estudio.

    ¿Qué datos hay sobre la daga?

    DatoValorFuente
    Hallazgo1925, entre las vendas de la momiaDiarios de excavación de Carter
    Longitud total34,2 cmComelli et al., 2016
    Níquel en la hoja10,8 % en pesoComelli et al., 2016 (XRF portátil)
    Cobalto en la hoja0,58 % en pesoComelli et al., 2016
    Meteorito de composición más parecidaKharga (Egipto)Comelli et al., 2016
    ForjaEn frío o a baja temperatura, por debajo de unos 950 °CMatsui et al., 2022 (mapas de XRF en dos dimensiones)
    Adhesivo de la empuñaduraPosible yeso de calMatsui et al., 2022

    ¿Qué se ha averiguado sobre cómo se fabricó?

    En 2020, un equipo del Instituto de Tecnología de Chiba dirigido por Takafumi Matsui volvió al Museo Egipcio con un equipo de fluorescencia que dibuja mapas de la distribución de cada elemento. Publicó los resultados en 2022, en la misma revista (doi:10.1111/maps.13779).

    En la hoja aparecieron restos de las estructuras de Widmanstätten, el entramado de láminas de hierro y níquel que se forma en el interior de un meteorito cuando se enfría durante millones de años. Si el herrero hubiera calentado mucho el metal, ese entramado habría desaparecido. Que queden restos indica una forja a baja temperatura, por debajo de unos 950 °C. El metal se golpeó y se fue dando forma sin llegar a fundirlo, que es lo que cabe esperar de un artesano que trabajaba una masa ya metálica y no sabía reducir mineral de hierro.

    ¿Se hizo en Egipto o llegó como regalo?

    Esta es la parte que sigue abierta. El equipo de Matsui encontró partículas ricas en calcio en la zona donde se une la hoja con la empuñadura y las interpretó como restos de un yeso de cal usado como adhesivo. En Egipto, según el mismo trabajo, ese material no se generaliza hasta la época ptolemaica, más de mil años después. Por eso proponen que la daga se fabricó fuera del país.

    Para señalar el origen recurren a las cartas de Amarna, la correspondencia diplomática en cuneiforme de los faraones de mediados del siglo XIV a. C. En la carta EA 22, Tushratta, rey de Mitanni (en el norte de Mesopotamia), enumera los regalos que envía a Amenhotep III, abuelo probable de Tutankamón. Entre ellos figura una daga con hoja de hierro y empuñadura adornada con oro. La hipótesis es que la pieza llegó como regalo diplomático y se guardó como reliquia de familia hasta el entierro de Tutankamón.

    Lo demostrado es el origen meteorítico del metal. La forja a baja temperatura es probable. La procedencia de Mitanni es una hipótesis razonable, pero se apoya en dos inferencias indirectas: la identificación del adhesivo y la correspondencia entre una pieza concreta y una línea de un inventario. Otros especialistas advierten que la carta EA 22 describe más de un arma de hierro y que la cronología del uso de la cal en Egipto tiene huecos.

    ¿Qué significa «hierro del cielo»?

    Los textos egipcios usan la palabra bjꜣ para el hierro y, a partir del siglo XIII a. C., la expresión bjꜣ n pt, «hierro del cielo». El equipo de Comelli propuso que el término nuevo indica que los egipcios sabían que ese metal caía del cielo. Es una lectura plausible, aunque discutida. Bjꜣ tenía también un sentido de «maravilla» o «prodigio», y el cielo egipcio se imaginaba como una bóveda de metal, así que la expresión también podría ser religiosa y no el registro de haber visto caer un meteorito.

    El dato arqueológico apunta en la misma dirección que el lingüístico. Las cuentas de hierro de Gerzeh, de hacia 3200 a. C., también son meteoríticas: lo mostró en 2013 un equipo del University College de Londres con microscopía electrónica y tomografía. En 2017, Albert Jambon analizó objetos de hierro de toda la Edad del Bronce, del Próximo Oriente a China, y todos eran de origen meteorítico. Durante casi dos milenios, el hierro que se trabajó en esta región vino del espacio.

    ¿Por qué el hierro valía más que el oro?

    Porque no había forma de obtenerlo salvo encontrando un meteorito. Las tablillas de los mercaderes asirios de Kanesh, en Anatolia (siglo XIX a. C.), tasan el hierro llamado amutum en torno a cuarenta veces su peso en plata, cuando el oro se cambiaba por unas ocho. Siglos después, en las cartas de Amarna, el hierro seguía apareciendo junto al oro entre los regalos entre reyes.

    La tumba de Tutankamón encaja con esa escasez. Además de la daga, guardaba un pequeño reposacabezas amuleto y dieciséis cinceles en miniatura de hierro, todos pequeños. Para entonces el hierro ya empezaba a fundirse a partir de mineral en Anatolia. Pasarían todavía unos siglos, ya en la Edad del Hierro, hasta que ese proceso lo abaratara lo suficiente como para dejar de ser un metal de reyes.

    ¿La daga de hierro de Tutankamón está hecha con un meteorito?
    Juhele_CZ, CC0, vía Wikimedia Commons
  • ¿Por qué las pirámides de Egipto están todas en la misma franja del desierto?

    ¿Por qué las pirámides de Egipto están todas en la misma franja del desierto?

    Porque seguían un río que ya no está. En 2024, un equipo dirigido por Eman Ghoneim (Universidad de Carolina del Norte en Wilmington) cartografió un ramal del Nilo sepultado de unos 64 kilómetros, bautizado Ahramat, que corría al pie de la meseta occidental. Junto a él se alinean 31 pirámides, de Lisht a Guiza.

    El trabajo se publicó el 16 de mayo de 2024 en Communications Earth & Environment, con firmantes de Macquarie University, la Universidad de Memphis y varias instituciones egipcias. No descubre pirámides: descubre el suelo por el que se llegaba a ellas, y eso reordena el mapa mental de la región menfita.

    ¿Qué es el ramal Ahramat y por dónde iba?

    Es un cauce fluvial inactivo que discurría paralelo al borde del desierto occidental, entre el pie de la escarpa calcárea y la llanura de inundación actual. Hoy está enterrado bajo campos de cultivo y arena eólica, a profundidades que van de un metro a veinticinco. El nombre viene de ahramat, «pirámides» en árabe.

    Los números que sostiene el artículo son estos:

    DatoValor
    Longitud cartografiadaunos 64 km, de Lisht (sur) a Guiza (norte)
    Anchura del cauceentre 200 y 700 m, comparable a la del Nilo actual
    Profundidad estimada del canalal menos 25 m
    Pirámides alineadas con el trazado31
    Horquilla de esas pirámidesdinastías III a XIII, aprox. 2686-1649 a.C.
    Sondeos de comprobacióndos, de 20 y 13 m de profundidad
    PublicaciónCommunications Earth & Environment, mayo de 2024

    La franja no es una línea recta: describe meandros suaves y, en algunos tramos, se abre en varios brazos. Esa forma sinuosa es precisamente lo que permite distinguirla de una falla, de una carretera antigua o de un canal de riego moderno.

    ¿Cómo se detecta un río que ya no existe?

    Con tres capas de evidencia que tienen que coincidir. La primera es la teledetección: imágenes de radar de apertura sintética tomadas desde satélite y modelos digitales del terreno. El radar de longitud de onda larga atraviesa unos metros de arena seca y devuelve señal de lo que hay debajo, un efecto conocido desde los años ochenta, cuando las misiones de radar embarcadas en el transbordador revelaron cauces fósiles bajo el Sáhara oriental. El relleno de un cauce antiguo, con arena y grava bien clasificadas, responde de forma distinta al sedimento fino de la llanura que lo rodea.

    La segunda capa es geofísica de superficie: georradar y tomografía electromagnética a lo largo de transectos que cruzan el trazado sospechoso. Ahí aparece el perfil en cubeta, con un fondo cóncavo y un relleno estratificado que no encaja con un depósito eólico.

    La tercera es la única que toca el sedimento: dos sondeos profundos, de veinte y trece metros, que recuperaron arenas y gravas fluviales bajo los limos agrícolas. Sin esa comprobación, un lineamiento en una imagen de radar es una anomalía, no un río. Con ella, el equipo pudo afirmar que allí corrió agua con caudal suficiente para mover carga gruesa.

    ¿Qué pintan entonces los templos del valle?

    Un complejo funerario del Reino Antiguo tiene cuatro piezas: la pirámide, el templo funerario adosado a su cara oriental, una calzada cubierta que baja la pendiente y, al final de esa calzada, el llamado templo del valle. Ese último edificio siempre se ha entendido como la puerta de entrada del conjunto, el lugar donde llegaba el cortejo. La pregunta incómoda era por qué está donde está, a veces bastante más al este de lo que exigiría la topografía, y por qué la calzada tiene la longitud que tiene.

    Si el Ahramat corría por ahí, la respuesta es sencilla: el templo del valle era el embarcadero. La calzada no es un capricho monumental de longitud arbitraria, sino el tramo que separaba la orilla utilizable del punto donde empezaba la roca firme. El estudio señala que buena parte de las calzadas conocidas terminan perpendicularmente al trazado reconstruido y a cotas compatibles con una ribera. El caso más citado es el de Dahshur, donde el templo del valle de la Pirámide Acodada queda internado en la llanura sin razón aparente, y el de Guiza, cuyos templos bajos se alinean con el mismo eje.

    Esto no era una idea nueva. Karl Butzer ya defendió en los años setenta que el Nilo había discurrido más cerca de la escarpa occidental, y en 2022 un trabajo publicado en PNAS reconstruyó, a partir del polen conservado en sondeos de la llanura de Guiza, las variaciones de nivel de un brazo local durante el tercer milenio. Lo que aporta el estudio de 2024 es la continuidad: un solo trazado de decenas de kilómetros que enlaza necrópolis que hasta ahora se estudiaban por separado.

    ¿Por qué se desplazó el cauce y cuándo dejó de servir?

    El artículo apunta a una combinación de factores. Por un lado, la migración lateral del sistema fluvial hacia el este, favorecida por el basculamiento tectónico del valle en esta zona. Por otro, la aridificación progresiva del Holoceno tardío y el avance de la arena movida por el viento desde el desierto occidental, que fue estrangulando el brazo hasta cegarlo. El resultado es que la orilla que daba servicio a la franja monumental se alejó y luego desapareció.

    La cronología relativa encaja con el patrón constructivo: los complejos más antiguos de la serie quedan en el tramo sur y los más recientes se desplazan siguiendo el agua. Que el brazo estuviera activo durante buena parte del Reino Antiguo y agonizante en el Reino Medio es la lectura que propone el equipo.

    ¿Qué se discute todavía?

    • La datación directa. Los sondeos confirman que hubo un río, pero el trabajo no aporta dataciones absolutas del relleno por radiocarbono ni por luminiscencia. La edad del cauce se infiere por asociación con los monumentos, y esa es la crítica más repetida entre especialistas.
    • Uno o varios. Está por ver si el Ahramat funcionó como un brazo continuo y simultáneo en todo su recorrido o si se trata de segmentos activos en momentos distintos que la teledetección junta en una sola línea.
    • La navegabilidad. Anchura y profundidad son compatibles con el tránsito de embarcaciones, pero no se sabe si el brazo llevaba agua todo el año o solo durante la crecida y las semanas siguientes.
    • El enlace con el sistema. Cómo se conectaba por el sur con el Bahr Yussef y la depresión de El Fayum, y por el norte con el delta, sigue sin resolverse en el detalle.

    Lo que sí queda asentado es un cambio de punto de vista. La franja de Lisht a Guiza deja de parecer una elección de meseta alta y buena piedra para leerse como lo que era: una ribera. Verificarlo pide ahora sondeos datados a lo largo de los 64 kilómetros, no solo en los dos puntos que ya se han pinchado.

    ¿Por qué las pirámides de Egipto están todas en la misma franja del desierto?
    LBM1948, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
  • Dónde está el Egipto que no está en Egipto: las grandes colecciones y el estado de las reclamaciones

    Dónde está el Egipto que no está en Egipto: las grandes colecciones y el estado de las reclamaciones

    En enero de 1913, en la casa de excavación que la misión alemana tenía levantada sobre la llanura de Amarna, alguien colocó los objetos de la campaña en dos lotes sobre una mesa. Era el procedimiento normal: un inspector del Servicio de Antigüedades egipcio se presentaba al final de la temporada, se repartía lo hallado y cada parte se llevaba lo suyo. Aquel día el inspector era Gustave Lefebvre. Firmó. Uno de los lotes viajó a Alemania, y dentro iba una cabeza de caliza recubierta de estuco pintado que se había encontrado el 6 de diciembre anterior en el taller del escultor Tutmose. Nadie en Egipto volvió a verla puesta en una vitrina.

    Ese gesto administrativo —dos lotes, una firma— explica buena parte del Egipto que hoy se visita fuera de Egipto. Y explica también por qué las reclamaciones son mucho menos parecidas entre sí de lo que sugieren los titulares.

    El inventario, con las cifras que publican los propios museos

    Conviene empezar por el tamaño, porque el debate suele plantearse pieza a pieza y el volumen real es otro.

    Colección Objetos egipcios (aprox.) Vía principal de entrada
    British Museum (Londres) Más de 100.000 Botín diplomático, compras del siglo XIX, excavación
    Museos Estatales de Berlín Decenas de miles Excavación con reparto, compras
    Museo Egipcio de Turín Unos 40.000 Compra de una colección entera, excavación propia
    Museo del Louvre (París) Unos 50.000 Compras del siglo XIX, excavación
    Metropolitan Museum (Nueva York) Unos 26.000 Excavación propia con reparto

    Turín es un caso limpio de compra: en 1824 Carlos Félix de Saboya adquirió el conjunto reunido por Bernardino Drovetti, cónsul de Francia en Egipto, y con eso nació el museo. Casi un siglo después, Ernesto Schiaparelli añadió lo que su misión sacaba de sus propias campañas, entre ello la tumba intacta del arquitecto Kha y su esposa Merit, encontrada en Deir el-Medina en 1906 y hoy expuesta prácticamente entera.

    El Metropolitan es el ejemplo del otro modelo. Entre 1906 y los años treinta su departamento egipcio excavó por su cuenta en Lisht, Deir el-Bahari o Malqata, y se quedó con la mitad que le tocaba en cada reparto. La mayor parte de su sala no viene del mercado de antigüedades, sino de campañas firmadas y publicadas.

    Tres puertas distintas

    La primera es el reparto o partage. Fue legal durante décadas, con la ley egipcia de 1912 como marco, y solo se cerró del todo con la ley 117 de 1983, que declaró todas las antigüedades propiedad del Estado y prohibió su exportación. Lo que salió antes de esa fecha con acta firmada tiene, en términos jurídicos, poco por donde atacarse: la Convención de la UNESCO de 1970 no se aplica hacia atrás.

    La segunda es la compra, con lo que la compra tenía de todo a principios del XIX. El zodiaco del templo de Dendera lo arrancó del techo Claude Lelorrain en 1821, por encargo del anticuario Sébastien Saulnier, usando sierras y pólvora. Llegó a París en 1822 y Luis XVIII lo pagó, según las cuentas de entonces, con 150.000 francos. Estuvo en la Biblioteca Real hasta 1919, cuando pasó al Louvre, donde sigue.

    La tercera es la salida sin papeles, y es la única en la que las reclamaciones funcionan casi siempre. La Piedra de Rosetta ocupa una posición intermedia y por eso da tanto de sí: la encontraron soldados franceses en 1799 en el fuerte de Rashid, y pasó a manos británicas por el artículo 16 de la capitulación de Alejandría de 1801, un tratado firmado entre dos potencias europeas en el que Egipto no fue parte. Zahi Hawass, exministro de Antigüedades, ha reclamado públicamente esa pieza, el zodiaco y el busto de Nefertiti, con campañas de recogida de firmas. Ninguna de las tres se ha movido.

    Qué se discute exactamente del acta de 1913

    Aquí conviene la precisión, porque el asunto se cuenta muchas veces mal. Alemania sostiene que el busto salió por un reparto válido, firmado por un funcionario egipcio, y en eso no hay documento que lo contradiga. La discusión es otra: si Ludwig Borchardt describió la pieza de forma que rebajara su interés ante el inspector.

    Dos puntos concretos alimentan la sospecha. En el listado del reparto la cabeza figura como de yeso, cuando el núcleo es de caliza con una capa de estuco modelado por encima. Y la fotografía que acompañaba la documentación es notoriamente pobre, tomada de manera que no luce. A eso se sumó, en 2009, la difusión de una nota conservada en el archivo de la Sociedad Oriental Alemana, escrita en 1924 por el secretario Bruno Güterbock a partir de lo que le contó el propio Borchardt, en la que se deja entrever que el excavador quiso asegurarse de que la pieza acabara en Berlín.

    De ahí no sale una prueba de fraude, y quien lo presente así está estirando el material. Sale algo más incómodo y más interesante: la sospecha razonable de que el reparto se jugó con información desigual. La Fundación Prusiana del Patrimonio Cultural mantiene su posición desde hace un siglo. Egipto reclama desde 1924, cuando el busto se expuso por primera vez. Hubo un canje negociado a finales de los años veinte que se torció, y en 1933 una propuesta de devolución que se abortó por decisión política alemana.

    Lo que sí ha vuelto

    El contraste importa. Cuando el problema es de papeles falsos, los museos devuelven y lo hacen rápido. El Metropolitan entregó a Egipto en 2019 el sarcófago dorado de Nedjemankh, comprado dos años antes por varios millones con una licencia de exportación falsificada; había salido del país tras los saqueos de 2011. El Museo de Bellas Artes de Houston hizo lo propio con el llamado ataúd verde, restituido a Egipto en 2023 tras la investigación de la fiscalía de Manhattan. El ministerio egipcio publica listas periódicas de recuperaciones de este tipo.

    Y hay una vía que no es reclamación sino regalo. Egipto cedió cuatro templos nubios a los países que financiaron el rescate de Abu Simbel: Dendur al Metropolitan, Ellesiya a Turín, Taffa a Leiden y Debod a España, hoy en el parque de la Montaña de Madrid.

    Qué mueve el museo de Guiza

    El Gran Museo Egipcio abrió del todo el 1 de noviembre de 2025, junto a la meseta de Guiza, con más de cien mil objetos y el ajuar completo de Tutankamón reunido por primera vez desde 1922. Su efecto sobre las reclamaciones no es jurídico: no cambia una coma de la ley de 1983 ni del tratado de 1801.

    Lo que sí retira es el argumento de conservación, el que sostenía que ciertas piezas estaban mejor guardadas fuera. Con salas climatizadas, laboratorios propios y capacidad de exposición a esa escala, ese razonamiento ya no se puede usar sin quedar en evidencia. A cambio, los museos europeos se repliegan a la línea del título legal, que es más sólida y más fría. Lo probable es que el terreno de juego se desplace hacia los préstamos de larga duración y las exposiciones compartidas, fórmulas en las que el objeto viaja y la propiedad no se toca. Berlín lleva un siglo diciendo que no a mover el busto ni siquiera prestado, y no hay señal de que eso esté cambiando.

  • Un tercio de las momias animales escaneadas en Mánchester no llevaba animal dentro

    Un tercio de las momias animales escaneadas en Mánchester no llevaba animal dentro

    En 1890, un almacén de Liverpool subastó un cargamento raro incluso para un puerto acostumbrado a todo: unas diecinueve toneladas de gatos momificados, cerca de 180.000 animales según las cifras que circularon entonces, llegados de un cementerio que un campesino había abierto por accidente en Beni Hassan dos años antes. Se vendieron a unas pocas libras la tonelada. Los molieron y los esparcieron como abono por los campos ingleses. La crónica del momento cuenta que el subastador remató las pujas golpeando la mesa con una cabeza de gato. Unos pocos cráneos se apartaron y acabaron en vitrinas de museo. El resto se fue al suelo de Yorkshire.

    Nadie se planteó abrir aquellos fardos. Nadie se preguntó si dentro había un gato.

    Lo que ve el escáner

    Ciento treinta años después, esa pregunta tiene una respuesta incómoda. Desde 2010, el Ancient Egyptian Animal Bio Bank, un proyecto del Manchester Museum y la Universidad de Mánchester dirigido por la egiptóloga Lidija McKnight, ha ido llevando momias animales de colecciones británicas y europeas a salas de radiología de hospital. Radiografía convencional primero, tomografía computarizada después. Sin desenvolver nada: el vendaje es tan interesante como el contenido, y desenrollarlo es un billete de ida.

    Con más de 800 piezas escaneadas, el reparto que describió el equipo se sostiene con una regularidad que sorprende:

    Qué aparece dentro Proporción aproximada
    Esqueleto completo o casi completo del animal esperado Alrededor de un tercio
    Restos parciales: unos huesos, un ala, un fragmento de cráneo Alrededor de un tercio
    Ningún material esquelético: barro, arena, plumas sueltas, cáscara de huevo, tela enrollada Alrededor de un tercio

    El titular fácil se escribe solo, y conviene resistirse. Casos parecidos han aparecido en otras colecciones: un supuesto gato del museo de Rennes, escaneado por el equipo médico de la ciudad, resultó contener huesos de varios individuos distintos, ninguno de ellos entero. Y sin embargo llamar a esto una estafa exige suponer que sabemos qué esperaba encontrar el comprador. No lo sabemos, o no del todo.

    Cuatro millones de ibis en un solo sitio

    Para entender el volumen hay que bajar a las galerías. En Tuna el-Gebel, la necrópolis de la ciudad de Hermópolis, los corredores excavados en la roca guardaron una cantidad de ibis momificados que las estimaciones sitúan en torno a los cuatro millones. En la Necrópolis de los Animales Sagrados de Saqqara, trabajada durante años por la Egypt Exploration Society y estudiada después por Paul Nicholson y su equipo de la Universidad de Cardiff, la cifra estimada para los ibis anda cerca del millón y tres cuartos, con galerías aparte para halcones, babuinos y perros. Estamos hablando sobre todo del Periodo Tardío y de época ptolemaica, entre el siglo VII y el siglo I antes de nuestra era, con el grueso en los últimos siglos.

    Eso no se improvisa. Alrededor de los santuarios funcionaban instalaciones de cría y engorde, personal dedicado a alimentar aves, talleres de vendaje, alfareros que producían las vasijas cerámicas donde se depositaban los fardos y sacerdotes que llevaban la contabilidad. Un análisis de ADN mitocondrial publicado en 2019 por Sally Wasef y su equipo, sobre cuarenta ibis de seis catacumbas distintas, encontró una diversidad genética parecida a la de poblaciones silvestres actuales. La lectura de los autores es que las aves no salían de granjas cerradas mantenidas durante generaciones, sino de capturas y engordes de corta duración en los humedales cercanos, quizá con manejo estacional. Otros especialistas replican que los textos y las instalaciones de Saqqara apuntan a una cría más controlada de lo que sugiere ese ADN. La discusión sigue viva.

    El sacerdote que se quejó por escrito

    Hay un testimonio egipcio de dentro del propio sistema, y es el detalle que más cambia la conversación. En el siglo II antes de nuestra era, un hombre llamado Hor de Sebenitos, vinculado al culto del ibis en Saqqara, dejó escritos en ostraca una serie de informes, sueños y denuncias que publicó el egiptólogo John D. Ray en 1976. Entre ellos hay un juramento sobre cómo debía hacerse el trabajo: un dios en una vasija. Uno solo.

    Que alguien tuviera que ponerlo por escrito indica que no siempre se cumplía. Y también indica algo más interesante: la norma existía, se debatía y a alguien le importaba lo suficiente como para llevar el asunto a la administración del templo. La irregularidad no era un secreto industrial. Era un problema interno del que se hablaba.

    Qué compraba realmente el peregrino

    Un visitante llegaba a Hermópolis o a Saqqara en una fecha de fiesta, pagaba por un fardo y encargaba que se depositara en la galería sagrada. Lo que estaba adquiriendo era la ejecución de un voto: un mensaje a Thot, a Bastet o a Osiris, entregado a través de la criatura del dios. El fardo no se abría nunca. No estaba pensado para verse, ni para exhibirse, ni para volver a casa. Iba directo a una vasija y de la vasija a un corredor cerrado con miles más.

    Ese punto de vista explica bastante de lo que muestran los escáneres. Una pluma de ibis participaba de la naturaleza del ibis. Barro del nido, cáscara de un huevo que no llegó a eclosionar, un ala de un ave muerta en el criadero: material del entorno sagrado, no relleno cualquiera. Si la intención hubiera sido engañar, cuesta explicar por qué tantos de los fardos vacíos contienen precisamente eso y no piedras. McKnight y su equipo han insistido en esa distinción, y también en que la mortalidad natural de un criadero de aves jóvenes daba de sobra para llenar envoltorios con restos incompletos sin que nadie tuviera que fingir nada.

    Lo cual no borra la otra posibilidad. En una operación de este tamaño, con demanda estacional concentrada en las fiestas y un producto que el cliente no iba a inspeccionar jamás, el incentivo para estirar el material estaba servido. Probablemente convivieron las dos cosas: teología del fragmento y aprovechamiento de taller, según el año, el santuario y quién estuviera al mando.

    Lo que queda abierto

    Queda por resolver si las proporciones de Mánchester valen para el conjunto o solo para lo que llegó a Europa. Las colecciones decimonónicas se formaron comprando en el mercado de antigüedades, y los intermediarios elegían las piezas de vendaje más vistoso, que no tienen por qué ser las más representativas. Queda por fechar mejor: hay indicios de que los fardos con menos contenido se concentran en momentos concretos, pero para sostenerlo hacen falta muchas más dataciones por radiocarbono sobre el textil y sobre el contenido a la vez, algo que solo unos pocos proyectos han hecho. Y queda el trabajo de campo egipcio, que sigue sacando galerías nuevas y podría cambiar los porcentajes.

    Mientras tanto, cada tomografía añade una línea a un censo que ninguna de las personas que fabricaron aquellos fardos imaginó que alguien fuera a levantar.

  • La Gran Pirámide no tiene 25.000 años: qué propone el estudio de la erosión y por qué no se sostiene

    La Gran Pirámide no tiene 25.000 años: qué propone el estudio de la erosión y por qué no se sostiene

    Cada cierto tiempo aparece un trabajo que adelanta miles de años la construcción de la Gran Pirámide, y cada cierto tiempo conviene sentarse a mirarlo con calma en vez de despacharlo con un resoplido. Este merece el rato, porque la idea de partida no es tonta.

    La firma Alberto Donini, ingeniero italiano vinculado a la Universidad de Bolonia. Propone datar el monumento por el desgaste de su propia piedra, con un método de creación propia que llama de erosión relativa.

    La idea, que tiene su gracia

    En la base de la pirámide hay losas de caliza que llevan a la intemperie desde el principio. Y hay otras que estuvieron cubiertas por el revestimiento exterior hasta que este se desprendió, tras el terremoto que sacudió El Cairo en 1303. Esas segundas llevan expuestas unos 675 años.

    Si mides cuánto se han gastado unas y otras, tienes dos puntos: un desgaste conocido en un tiempo conocido, y un desgaste mayor en un tiempo por averiguar. Regla de tres y ya está.

    De ahí le sale una media de 22.916 a. C. Es decir, Paleolítico superior.

    El número que desmonta el titular

    Junto a esa media, el propio trabajo publica su margen: con un 68,2 % de confianza, la construcción estaría entre el 36.800 y el 8.900 a. C.

    Ese intervalo tiene veintisiete mil novecientos años de anchura. Y no es un detalle técnico que se pueda dejar en una nota al pie: un resultado que abarca casi veintiocho milenios no está datando el monumento, está midiendo la imprecisión del método. Cualquier fecha que se elija dentro de esa horquilla es igual de defendible, incluida la que acepta la egiptología.

    Por qué la piedra no sirve de reloj

    El método asume que la caliza se gasta a un ritmo constante. No lo hace. La erosión depende del agua, del viento cargado de arena, de los ciclos de temperatura, de la contaminación del aire —que en El Cairo no es la misma hoy que hace tres siglos— y de la composición concreta de cada bloque, que varía de una cantera a otra y dentro de la misma cantera.

    Y hay algo más gordo: el norte de África no ha tenido siempre este clima. Hubo un periodo en que la región recibía lluvias regulares y el Sáhara era verde. Una losa que pasa milenios bajo lluvia no se desgasta como una que pasa milenios bajo sol seco. Proyectar hacia atrás el ritmo de desgaste de los últimos 675 años, que han sido de clima árido, hasta hace veinticinco mil, es exactamente la operación que los datos no permiten.

    Lo que hay al otro lado

    Conviene recordar contra qué compite esta propuesta, porque no es contra una tradición ni contra una fecha escrita en un libro.

    En 2013, la misión dirigida por Pierre Tallet, de la Sorbona, encontró en el puerto de Wadi al-Jarf, en el mar Rojo, un conjunto de papiros. Entre ellos, el registro diario de un inspector llamado Merer, fechado en el año 27 del reinado de Keops, que anota el trabajo de su cuadrilla transportando bloques de caliza desde las canteras de Tura hasta Guiza. Es un parte de trabajo, no una crónica heroica.

    Están además las marcas que las cuadrillas dejaron con pintura en las cámaras de descarga, sobre la Cámara del Rey, con el nombre de Keops. Y está el poblado de los constructores excavado junto a la meseta, con sus panaderías, sus restos de comida y sus enterramientos.

    Para sostener la fecha del estudio habría que explicar cómo una civilización del Paleolítico superior —sin agricultura, sin escritura, sin metalurgia y sin cerámica— levantó el monumento, y por qué veinte mil años después unos egipcios se dedicaron a escribir partes de trabajo sobre una obra que ya estaba allí.

    Lo que sí queda

    El trabajo no ha pasado revisión por pares, que es donde estas cosas se ponen a prueba antes de llegar a un titular. Con eso dicho, la observación de partida sigue siendo interesante: en la base de la pirámide hay superficies con historias de exposición distintas, y eso es material para estudiar cómo se degrada la caliza en ese entorno concreto. Como estudio de erosión puede dar algo. Como cronómetro, no.

    De dónde salen los datos

    Las cifras del trabajo —la media de 22.916 a. C. y el intervalo del 68,2 % entre el 36.800 y el 8.900 a. C.— y la descripción del método son las que ha difundido su autor, Alberto Donini, y las que han recogido los medios que lo han cubierto. El trabajo no ha pasado revisión por pares.

    Los datos del otro lado son de excavación publicada: los papiros del puerto de Wadi al-Jarf, hallados en 2013 por la misión dirigida por Pierre Tallet, de la Sorbona, y fechados en el año 27 del reinado de Keops; las marcas de cuadrilla halladas en las cámaras de descarga; y el poblado de los constructores excavado junto a la meseta de Guiza.

  • ¿Qué queda en pie del estudio genético de Tutankamón, quince años después?

    ¿Qué queda en pie del estudio genético de Tutankamón, quince años después?

    Del estudio de 2010 aguantan tres cosas: el paludismo por Plasmodium falciparum, el parentesco directo entre la momia KV55 y Tutankamón, y la identificación de Amenhotep III y Tiye. Sigue discutido casi todo lo demás: qué nombre hay detrás de KV55, si la «Dama Joven» fue la madre, si la necrosis ósea es lo que dijeron y si el pie deforme existió.

    El trabajo es Ancestry and Pathology in King Tutankhamun’s Family, publicado en JAMA el 17 de febrero de 2010 y firmado por Zahi Hawass, entonces al frente del Consejo Supremo de Antigüedades, junto a Yehia Gad (Centro Nacional de Investigación de El Cairo), Carsten Pusch (Universidad de Tubinga), Albert Zink (EURAC, Bolzano) y los radiólogos Ashraf Selim y Sahar Saleem (Universidad de El Cairo). Se analizaron dieciséis momias de la dinastía XVIII, once de ellas del entorno de Amarna, con tomografía computarizada y con perfiles STR de ocho marcadores nucleares más marcadores del cromosoma Y. Tutankamón reinó hacia 1332-1323 a.C. y murió con unos diecinueve años.

    ¿Qué afirmó exactamente el estudio?

    Cuatro bloques de conclusiones. Uno genealógico: KV55 era hijo de Amenhotep III y Tiye y padre de Tutankamón; la momia KV35YL, la llamada «Dama Joven», era la madre del rey y, además, hermana carnal de KV55. Otro patológico: enfermedad de Köhler II con necrosis avascular en el segundo y tercer metatarsianos del pie izquierdo. Otro infeccioso: ADN de P. falciparum en Tutankamón y en otras tres momias del grupo. Y uno negativo, menos citado pero importante: los datos permitían descartar los síndromes que se le habían atribuido durante décadas —Marfan, Klinefelter, Fröhlich, Antley-Bixler—, que explicaban las representaciones amarnienses de cuerpos alargados como si fueran retratos clínicos.

    ¿Puede sobrevivir el ADN antiguo en un clima como el egipcio?

    Esa fue la objeción más dura, y venía de gente con autoridad: Eline Lorenzen y Eske Willerslev, de la Universidad de Copenhague, argumentaron en las cartas al editor de JAMA de junio de 2010 que la edad térmica de unos restos enterrados en el sur de Egipto predice una degradación casi total, y que el trabajo no acreditaba los criterios habituales de autenticidad en ADN antiguo: replicación en un laboratorio ajeno al proyecto, clonación y secuenciación de los productos amplificados, control de contaminación moderna. El equipo respondió que hubo réplica en dos laboratorios y protocolos estándar.

    Esa crítica concreta se ha debilitado bastante desde entonces. En 2017, Verena Schuenemann y Johannes Krause, con el Instituto Max Planck y la Universidad de Tubinga, publicaron en Nature Communications el análisis de 151 momias de Abusir el-Meleq: recuperaron 90 genomas mitocondriales y tres genomas nucleares parciales, de material fechado entre c. 1400 a.C. y 400 d.C. El ADN sobrevive en momias egipcias. Lo que no queda demostrado por eso es que sobreviviera en estas momias y que los perfiles publicados sean reproducibles: los electroferogramas nunca se difundieron y ningún equipo externo ha podido volver a muestrear.

    ¿Fue la «Dama Joven» la madre de Tutankamón?

    Que KV35YL sea la madre biológica es lo que menos se discute. Lo que se discute es la otra mitad de la frase: que fuera hermana carnal del padre. Marc Gabolde, de la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, lleva años sosteniendo que ocho marcadores no bastan para separar una pareja de hermanos de una pareja de primos hermanos cuyos padres ya eran parientes. Tres generaciones de matrimonios entre primos concentran alelos compartidos hasta imitar la firma de hermanos. Si esa lectura es correcta, la puerta que el estudio cerró —Nefertiti como madre, porque no consta como hija de Amenhotep III— vuelve a abrirse.

    ¿Y el pie deforme, es real?

    Aquí conviene saber en qué estado está el cuerpo. En noviembre de 1925, para separarlo de los ungüentos endurecidos que lo pegaban al ataúd, el equipo de Howard Carter y el anatomista Douglas Derry lo desmembraron por las articulaciones. La tomografía de 2005 encontró la momia repartida en varias piezas sobre una bandeja de arena. Los pies están separados del resto desde entonces.

    Eso complica distinguir una deformidad congénita rígida de una posición adquirida en el vendaje, en el secado o en el desmontaje. El precedente está en el mismo cuerpo: el equipo de 2005 se dividió sobre la fractura del fémur izquierdo, entre quienes la vieron abierta y en vida, con resina de embalsamamiento dentro, y quienes la atribuyeron a la manipulación de 1925. El argumento de apoyo que se repite —los 130 bastones del ajuar— no sirve como prueba: el bastón es insignia real y aparece en tumbas de reyes sin patología conocida.

    ¿Hay otra explicación para la necrosis ósea?

    Sí, y se publicó a los pocos meses. Christian Timmann y Christian Meyer, del Instituto Bernhard Nocht de Medicina Tropical de Hamburgo, propusieron drepanocitosis: en una región donde el paludismo es endémico, el rasgo falciforme es esperable, y la necrosis avascular de huesos pequeños es una complicación clásica de esa enfermedad. Explicaría a la vez la lesión ósea y la susceptibilidad al parásito. El equipo original reconoció que no lo habían descartado.

    Estado de cada afirmación

    Lo que se propuso en 2010 Cómo está hoy Por qué
    KV55 es el padre de Tutankamón Aceptado en lo esencial Compatibilidad de perfiles y cromosoma Y; no hay candidato alternativo sobre la mesa
    KV55 es Akenatón Discutido Varios anatomistas datan el esqueleto en 20-25 años, incompatible con un reinado de 17
    KV35YL, madre y hermana carnal del padre Maternidad aceptada; el parentesco fraterno, no Ocho marcadores no separan hermanos de primos con endogamia acumulada
    KV35EL es Tiye Sostenido Coincide con la identificación previa a partir del mechón de pelo del ataúd en miniatura
    Paludismo por P. falciparum Lo mejor sostenido Concuerda con la detección de antígeno del parásito en momias tebanas publicada por Nerlich y Zink en 2008
    Enfermedad de Köhler II Discutido La drepanocitosis explica el mismo cuadro
    Pie equinovaro congénito Muy discutido Cuerpo desmembrado en 1925; deformación post mortem difícil de excluir
    Causa de muerte combinada Hipótesis, no diagnóstico Compatible con lo observado, no derivable de ello

    ¿Qué haría falta para cerrarlo?

    Tres cosas concretas. Publicar los datos brutos de la genotipación, no solo la tabla de alelos. Ampliar el número de marcadores o pasar a captura genómica, que es lo que se usa hoy y lo que permitiría distinguir hermanos de primos con estadística. Y permitir un muestreo independiente, con la colecta y la extracción documentadas por un equipo ajeno. Nada de eso depende de la técnica: existe desde hace años. Depende de los permisos del Ministerio de Turismo y Antigüedades sobre las momias reales del Museo de El Cairo y del Museo Nacional de la Civilización Egipcia.

  • Cómo se descifró el jeroglífico: el copto, los cartuchos de Young y el error de llamarlo alfabeto

    Cómo se descifró el jeroglífico: el copto, los cartuchos de Young y el error de llamarlo alfabeto

    El 14 de septiembre de 1822, Jean-François Champollion abrió en su casa de París un paquete de dibujos. Se los enviaba Jean-Nicolas Huyot, un arquitecto que acababa de copiar relieves en Nubia, entre ellos los de Abu Simbel. Champollion tenía treinta y un años y llevaba media vida detrás de aquello. Fue pasando láminas hasta que se detuvo en un cartucho: un disco solar, debajo un signo que él ya sospechaba que sonaba ms, y al final dos signos repetidos que valían s.

    El disco solar era un dibujo del sol. Y Champollion sabía cómo se decía «sol» en copto, la lengua de la liturgia cristiana de Egipto que él estudiaba desde adolescente: rē. Si el dibujo se leía por el sonido de la palabra egipcia que representaba, aquello daba Ra-ms-s. Ramsés. Y el signo ms tenía sentido, porque en copto mise significa «engendrar», «dar a luz». El cartucho no era un enigma decorativo: era una frase corta que decía algo así como «Ra lo ha engendrado».

    La anécdota de que corrió al Institut, le soltó a su hermano «lo tengo» y se desplomó durante días viene de la familia, contada mucho después por su sobrino Aimé. Conviene tomarla como lo que es. Lo que sí está documentado es lo que ocurrió trece días más tarde.

    Lo que la Piedra Rosetta no resolvió

    La losa apareció en 1799 cerca de Rashid, en el delta, durante la campaña napoleónica; el oficial Pierre-François Bouchard dio la voz. Tras la capitulación de Alejandría de 1801 pasó a manos británicas y desde 1802 está en el British Museum. Contiene un decreto sacerdotal promulgado en Menfis en 196 a. C., en tiempos de Ptolomeo V, escrito tres veces: jeroglífico, demótico y griego.

    Con el griego se podía leer el contenido. Eso no equivale a leer la escritura. Entre 1802 y 1814 la piedra estuvo disponible para media Europa y nadie sacó de ella un sistema. El sueco Johan David Åkerblad identificó nombres propios en la parte demótica y llegó a aislar valores sueltos, pero se quedó ahí, en parte porque asumía que el demótico era enteramente alfabético. Silvestre de Sacy, orientalista de peso y maestro de Champollion, avanzó poco y lo reconoció.

    Lo que sí hizo Thomas Young

    Hacia 1814, Thomas Young —médico, físico, el de la interferencia de la luz— se metió en el asunto casi como pasatiempo y aportó dos cosas serias. La primera: demostró que el demótico y el jeroglífico no eran sistemas ajenos, sino formas emparentadas de lo mismo. La segunda: se tomó en serio los cartuchos.

    El razonamiento era razonable. Si esos óvalos encierran nombres reales, y el texto griego dice «Ptolemaios», los signos de dentro deberían corresponder a esos sonidos. Young repartió las letras entre los signos del cartucho de Ptolomeo y acertó varias. Publicó sus resultados en el suplemento de la Encyclopaedia Britannica en 1819.

    Ahí se paró. Young pensaba que la fonética era una excepción reservada a nombres extranjeros —griegos, persas—, un apaño para escribir sonidos que la escritura sagrada no contemplaba. Para el resto seguía imaginando un sistema de símbolos. Le faltaba, además, algo que Champollion sí tenía.

    La ventaja del copto

    El copto es la última etapa de la lengua egipcia, escrita con alfabeto griego más unos signos tomados del demótico. Que descendía del egipcio antiguo lo había defendido ya en el siglo XVII el jesuita Athanasius Kircher, que se equivocó en casi todo lo demás. Champollion se lo tomó al pie de la letra: aprendió copto con la comunidad copta de París y llegó a escribir notas privadas en esa lengua.

    Eso cambia el problema. Sin copto, un signo fonético es un sonido suelto. Con copto, ese sonido se puede contrastar con palabras reales: se puede comprobar que rē es sol, que mise es engendrar, que nūte es dios. El cartucho de Ramsés no se resolvió por combinatoria, sino porque había una lengua viva con la que verificar la hipótesis.

    El caso decisivo fue Cleopatra, en el obelisco que William Bankes se llevó de File a Inglaterra: la p, la o y la l aparecían en las posiciones que exigía el cartucho de Ptolomeo. La prueba cruzada funcionaba.

    La carta a Dacier y la palabra que confundió a todos

    El 27 de septiembre de 1822, Champollion leyó ante la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres la Lettre à M. Dacier, dirigida a Bon-Joseph Dacier, secretario perpetuo de la institución. Entre el público estaba Thomas Young, que después reclamaría su parte del mérito con bastante razón y sin demasiado éxito.

    En esa carta hay una tabla que Champollion llamó «alfabeto de los jeroglíficos fonéticos». La palabra se quedó, y desde entonces mucha gente cree que existe un abecedario egipcio. Existe un grupo de unos veinticuatro signos que valen por una sola consonante, y sirven para enseñar a los niños a escribir su nombre en los museos. Pero el sistema completo es otra cosa, y Champollion lo expuso en el Précis du système hiéroglyphique de 1824: los signos pueden funcionar como fonogramas de una, dos o tres consonantes; como logogramas, cuando el dibujo vale por la cosa dibujada; y como determinativos, signos mudos que se colocan al final de la palabra para indicar de qué categoría es.

    El ejemplo de manual es el plano de casa, pr. Con un trazo vertical debajo, significa «casa». Sin él, aporta las consonantes p-r a otra palabra, como prj, «salir», que a su vez lleva detrás un par de piernas caminando para avisar de que ahí se habla de movimiento. Nadie pronunciaba las piernas. Estaban ahí para que el lector no se equivocara.

    Por qué «Ramsés» no se pronunciaba Ramsés

    La escritura egipcia anota consonantes y semiconsonantes. Las vocales no se escriben. Cuando un egiptólogo translitera nfr, no está diciendo cómo sonaba: está anotando el esqueleto consonántico. Para poder pronunciarlo en voz alta, la disciplina adoptó hace más de un siglo una convención puramente práctica: meter una e entre consonantes y leer ciertos signos como vocales. Así nfr se dice «néfer» y ḥtp se dice «hetep».

    De ahí salen los nombres que todos usamos. Twt-ꜥnḫ-jmn se convierte en Tutankamón. El mismo faraón puede llamarse Amenhotep en la convención moderna y Amenofis en la transcripción griega, y ninguna de las dos formas es la que oía él.

    Sí hay vías para acercarse al sonido real, y todas son indirectas: el copto, que conserva las vocales de la etapa final; las transcripciones griegas de época tardía; y las escrituras silábicas de otras lenguas, que sí anotan vocales. En la versión hitita del tratado con Egipto, Ramsés II aparece escrito en cuneiforme como Riamašeša. Es una foto tomada desde fuera, con el acento de un escriba extranjero, pero es una foto.

    Lo que sigue en discusión

    El reparto de méritos entre Young y Champollion nunca se cerró del todo, y la bibliografía anglosajona y la francesa siguen inclinando la balanza de manera distinta. La reconstrucción fonológica está más viva todavía: hay especialistas que defienden que el signo transliterado como ꜣ, tratado durante décadas como una consonante gutural, funcionaba en las etapas antiguas como una líquida próxima a una r o una l. Si eso se acepta, buena parte de las lecturas convencionales de nombres del Reino Antiguo habría que revisarla.

    Lo que quedó firme desde 1824 es la arquitectura del sistema. Sonido, imagen y categoría, mezclados en la misma línea, y un lector que sabía cuál de las tres funciones tocaba en cada momento.

  • Deir el-Medina, año 29 de Ramsés III: la sentada de los obreros y los partes de faltas de un pueblo

    Deir el-Medina, año 29 de Ramsés III: la sentada de los obreros y los partes de faltas de un pueblo

    La mañana del día 10 del segundo mes de la estación peret, en el año 29 del reinado de Ramsés III, los hombres que excavaban y decoraban las tumbas del Valle de los Reyes no subieron a trabajar. Bajaron. Cruzaron los cinco muros de la necrópolis —los mismos que marcaban el territorio vigilado donde no entraba cualquiera— y se sentaron en la parte trasera del templo funerario de Menkheperra, el de Tutmosis III, que para entonces llevaba tres siglos en pie. Allí se quedaron. No hubo asalto, ni incendio, ni motín. Hubo una sentada, y hubo un escriba tomando nota.

    Ese escriba se llamaba Amennakht, hijo de Ipuy, y era el escriba de la Tumba: el funcionario que llevaba la contabilidad de la obra más cara del Estado. Su relato de aquellos días se conserva en un papiro que hoy está en el Museo Egizio de Turín, catalogado como P. Turin 1880 y conocido desde hace un siglo como el Papiro de la Huelga. Es, hasta donde alcanza la documentación conservada, el primer conflicto laboral del que tenemos un parte escrito por alguien que estaba delante.

    Un pueblo que lo apuntaba todo

    Deir el-Medina, en la orilla occidental de Tebas, no era una aldea cualquiera. Era un poblado cerrado, de unas sesenta y ocho casas dentro del muro, construido por la corona para alojar a la cuadrilla que trabajaba en las tumbas reales durante las dinastías XVIII a XX. Sus habitantes eran artesanos cualificados: canteros, dibujantes, escultores, pintores. Y una proporción llamativa de ellos sabía leer y escribir.

    De ahí viene lo excepcional del sitio. La misión italiana de Ernesto Schiaparelli trabajó allí entre 1905 y 1909, pero la excavación sistemática la firma Bernard Bruyère para el Institut français d’archéologie orientale (IFAO), en campañas que se prolongaron de 1917 a 1947. Bruyère vació, entre otras cosas, el gran pozo del poblado, y de allí y de los vertederos salieron miles de óstraca: lascas de caliza y fragmentos de cerámica usados como papel de borrador. Jaroslav Černý dedicó buena parte de su vida a leerlos y ordenarlos; hoy el grueso del material no literario está catalogado en la base de datos de Deir el-Medina de la Universidad de Leiden, iniciativa asociada al trabajo de Robert Demarée.

    Lo que contienen esos fragmentos no es literatura. Son listas de asistencia, entregas de grano, préstamos entre vecinos, denuncias por un burro robado, consultas al oráculo, sentencias del tribunal local, cartas privadas y algún ajuste de cuentas doméstico. El archivo administrativo de un pueblo entero, tirado a la basura y conservado por la sequedad del desierto.

    Ocho días arriba, dos días abajo

    Con ese material se puede reconstruir cómo era realmente una semana de trabajo egipcia. No tenía siete días, sino diez: la década. De esos diez, se trabajaban ocho, y los días 9 y 10 eran de descanso. Durante los ocho días de faena la cuadrilla no volvía a casa cada tarde: se quedaba en un campamento de cabañas levantado en el collado que separa el poblado del Valle de los Reyes, para no repetir la subida dos veces al día. Los fines de década se bajaba al pueblo.

    La cuadrilla estaba dividida en dos mitades, el lado derecho y el lado izquierdo, cada una con su capataz, y el escriba por encima de ambos. El sueldo se pagaba en grano —del orden de cuatro sacos de trigo emmer y uno y medio de cebada al mes por obrero, con más para capataces y escriba—, complementado con pescado, verdura, aceite, leña y agua que traían proveedores externos. Todo eso dependía de que la administración del templo entregara a tiempo.

    Y luego están los partes de faltas. El más famoso es un óstracon del British Museum, el O. BM EA 5634, que registra las ausencias de unos cuarenta obreros a lo largo del año 40 de Ramsés II. Junto a cada nombre, el motivo. Enfermedad. Ojos malos. Picadura de escorpión. Estaba embalsamando a su hermano. Estaba construyendo su casa. Estaba haciendo cerveza. Su mujer estaba con la regla. Estaba con el escriba. Ofrenda al dios. La cuadrilla de la tumba del faraón faltaba al trabajo por las mismas razones por las que falta cualquiera, y alguien lo anotaba sin escandalizarse.

    Lo que pasó en el año 29

    Contra ese fondo se entiende la sentada. Las raciones llevaban semanas de retraso, y el sistema no tenía colchón: sin entrega no había con qué comer. Según el papiro de Turín, los obreros se plantaron delante de los funcionarios con un argumento que no admitía mucha réplica:

    Hemos llegado hasta aquí empujados por el hambre y la sed. No hay ropa, no hay ungüento, no hay pescado, no hay verduras. Escribid al faraón, nuestro buen señor, y escribid al visir, nuestro superior, para que se nos den provisiones.

    Al día siguiente el grupo se desplazó a la puerta sur del Ramesseum. Después hubo más episodios, en ese mes y en los siguientes. Aparecieron el jefe de policía de la necrópolis, los administradores de los templos, y acabó interviniendo la cadena de mando hasta el visir. Se hicieron entregas parciales. La cosa se repitió. El reinado de Ramsés III se sitúa aproximadamente entre 1184 y 1153 a. C. según la cronología convencional del Reino Nuevo, de modo que estos hechos caen en torno a 1157 a. C., con el margen que arrastra esa datación.

    Qué se discute todavía

    Que el episodio ocurrió no está en duda: hay texto, hay autor identificable y hay contexto administrativo. Lo que sigue abierto es cómo interpretarlo.

    • Si fue una huelga o una reclamación reglada. Varios especialistas señalan que dejar el trabajo y sentarse en un lugar visible pudo ser un procedimiento reconocido dentro de un sistema redistributivo, más cerca de una apelación formal que de la ruptura de un contrato. Otros subrayan la coacción real que suponía parar la obra funeraria del rey.
    • Si el retraso fue local o sistémico. El trabajo de Jac. J. Janssen sobre los precios de las mercancías en época ramésida documentó oscilaciones fuertes en el precio del grano durante la dinastía XX. Para unos, los impagos apuntan a una crisis general del Estado; para otros, a un fallo concreto de los templos encargados de suministrar.
    • Cuánto se puede generalizar. Deir el-Medina era un pueblo atípico: privilegiado, alfabetizado y pagado directamente por la corona. Lo que sus óstraca cuentan sobre horarios, ausencias y pleitos vale con seguridad para esa comunidad; extenderlo al campesinado del Delta es otra discusión.

    El IFAO sigue trabajando en el yacimiento y el material continúa publicándose y digitalizándose, así que el expediente laboral de este pueblo todavía crece. Andrea McDowell reunió una buena selección traducida de estos documentos en Village Life in Ancient Egypt, y es la vía más directa para leer, sin intermediarios, la queja de un hombre que hace treinta y dos siglos anotó que no había pescado ni verduras.

  • Los Pueblos del Mar: lo que Ramsés III mandó grabar en la pared de Medinet Habu

    Los Pueblos del Mar: lo que Ramsés III mandó grabar en la pared de Medinet Habu

    Al oeste de Luxor, pasado el cruce donde la mayoría de los autobuses tuercen hacia el Valle de los Reyes, hay un templo al que casi nadie llega con tiempo. Se llama Medinet Habu y es el templo funerario de Ramsés III. En una de sus paredes exteriores, a pleno sol, está grabado el relato de la mayor crisis que vivió Egipto en toda su historia.

    Lo mandó escribir el hombre que la vivió. Y hay que leerlo con cuidado, porque un texto grabado en piedra por un faraón nunca es solo un parte de guerra.

    El nombre se lo pusimos nosotros

    Empecemos por lo primero: no sabemos cómo se llamaban a sí mismos. «Pueblos del Mar» es una etiqueta moderna, no una traducción de nada.

    La acuñó el egiptólogo francés Emmanuel de Rougé, que describió estos relieves de Medinet Habu a mediados del siglo XIX, y la popularizó después Gaston Maspero, que lo sucedió en el Collège de France y le añadió lo que ha llegado hasta nosotros: la idea de una gran migración de pueblos.

    Conviene saberlo porque la etiqueta trae puesta una interpretación. Al decir «Pueblos del Mar» ya estamos diciendo que eran pueblos y que venían del mar, y ninguna de las dos cosas está tan clara como suena.

    Lo que dice la inscripción

    El pasaje más citado del templo, correspondiente al octavo año del reinado de Ramsés III, viene a decir esto:

    Los países extranjeros conspiraron en sus islas. De pronto los pueblos fueron desplazados y dispersados por la guerra. Ningún país pudo resistir sus armas: Hatti, Qode, Karkemish, Arzawa y Alashiya fueron cortados. Se estableció un campamento en Amurru. Aniquilaron a su gente y su tierra quedó como si nunca hubiera existido. Avanzaban hacia Egipto.

    Esa lista de nombres es la parte escalofriante, y merece desglosarse despacio.

    Los reinos de la lista

    • Hatti es el imperio hitita, la otra superpotencia de la época, la misma con la que Egipto había firmado un tratado de paz una generación antes tras la batalla de Qadesh.
    • Karkemish, uno de los grandes centros del norte de Siria.
    • Arzawa, en el occidente de Anatolia.
    • Alashiya, que casi con seguridad es Chipre.
    • Amurru, la franja costera siria.

    Y todos, según el texto, al mismo tiempo.

    Los nombres de los invasores

    Las inscripciones egipcias no hablan de un enemigo, sino de varios con nombre propio: peleset, tjeker, shekelesh, denyen, weshesh, sherden.

    Algunos resuenan. Los peleset son, con bastante consenso, los que la Biblia llamará después filisteos, y de ahí sale, por una vuelta larga del idioma, el nombre de Palestina. A los denyen se los ha relacionado con los danaoi que Homero usa para nombrar a los griegos.

    Otras identificaciones circulan mucho más de lo que aguantan. Que los sherden dieran nombre a Cerdeña y los shekelesh a Sicilia es una propuesta antigua y atractiva, pero sigue siendo una hipótesis discutida: encaja igual de bien que fueran a esas islas después, y no que vinieran de ellas.

    No eran ejércitos, y ese es el detalle

    Los relieves de Medinet Habu enseñan algo que un parte de guerra normal no enseñaría: carros tirados por bueyes cargados con mujeres y niños.

    Eso no es una expedición militar. Es gente moviéndose con todo lo que tiene, que es un fenómeno muy distinto y bastante peor para quien está al otro lado. Un ejército derrotado se retira; una población desplazada no tiene adónde volver.

    Cómo se lee hoy todo esto

    Durante un siglo, el relato fue sencillo: llegaron los Pueblos del Mar y se llevaron por delante el mundo del Bronce Final. La investigación de las últimas décadas ha ido moviendo esa explicación de sitio.

    Hay dos motivos.

    El primero es de método. Casi todo lo que sabemos de ellos viene de fuentes egipcias, y las fuentes egipcias tienen un género: el faraón victorioso frente al caos extranjero. La lista de reinos «cortados» y la afirmación de que ninguno pudo resistir cumplen una función dentro del texto, que es agrandar lo que Ramsés III sí consiguió detener. Eso no significa que sea falso —Hatti se derrumbó de verdad en esos años—, pero sí que la piedra no es un informe neutral.

    El segundo es de contexto. En ese mismo tramo de años hay indicios de sequías prolongadas en el Mediterráneo oriental, terremotos, rutas comerciales rotas y varias ciudades destruidas en un mundo donde los palacios dependían unos de otros para el estaño, el cobre y el grano. Cuando un sistema así se agrieta, se agrieta entero.

    Por eso hoy se tiende a leer a los Pueblos del Mar más como consecuencia del colapso que como su causa: gente que se movió porque su mundo dejó de funcionar, y que al moverse empujó a otros. Una ficha de dominó grande, no la mano que las tira.

    Qué queda del episodio

    Egipto aguantó. Fue el único de los grandes que lo hizo, y lo pagó caro: el Reino Nuevo entra en su tramo final y no vuelve a ser lo que era.

    De aquellos nombres borrosos salieron después pueblos con historia propia, asentados en costas que ya no eran las suyas. Y de la pared de un templo del desierto salió, tres mil años más tarde, una etiqueta de museo que seguimos usando por comodidad, sabiendo que no se la puso nadie de los que la llevan.

    Si alguna vez cruza usted el Nilo hacia la orilla oeste, merece la pena reservar una hora para Medinet Habu. Los relieves siguen ahí, con el color agarrado en los huecos, contando una versión de los hechos que llevamos treinta siglos discutiendo.