Categoría: General

  • Cómo se descifró el jeroglífico: el copto, los cartuchos de Young y el error de llamarlo alfabeto

    Cómo se descifró el jeroglífico: el copto, los cartuchos de Young y el error de llamarlo alfabeto

    El 14 de septiembre de 1822, Jean-François Champollion abrió en su casa de París un paquete de dibujos. Se los enviaba Jean-Nicolas Huyot, un arquitecto que acababa de copiar relieves en Nubia, entre ellos los de Abu Simbel. Champollion tenía treinta y un años y llevaba media vida detrás de aquello. Fue pasando láminas hasta que se detuvo en un cartucho: un disco solar, debajo un signo que él ya sospechaba que sonaba ms, y al final dos signos repetidos que valían s.

    El disco solar era un dibujo del sol. Y Champollion sabía cómo se decía «sol» en copto, la lengua de la liturgia cristiana de Egipto que él estudiaba desde adolescente: . Si el dibujo se leía por el sonido de la palabra egipcia que representaba, aquello daba Ra-ms-s. Ramsés. Y el signo ms tenía sentido, porque en copto mise significa «engendrar», «dar a luz». El cartucho no era un enigma decorativo: era una frase corta que decía algo así como «Ra lo ha engendrado».

    La anécdota de que corrió al Institut, le soltó a su hermano «lo tengo» y se desplomó durante días viene de la familia, contada mucho después por su sobrino Aimé. Conviene tomarla como lo que es. Lo que sí está documentado es lo que ocurrió trece días más tarde.

    Lo que la Piedra Rosetta no resolvió

    La losa apareció en 1799 cerca de Rashid, en el delta, durante la campaña napoleónica; el oficial Pierre-François Bouchard dio la voz. Tras la capitulación de Alejandría de 1801 pasó a manos británicas y desde 1802 está en el British Museum. Contiene un decreto sacerdotal promulgado en Menfis en 196 a. C., en tiempos de Ptolomeo V, escrito tres veces: jeroglífico, demótico y griego.

    Con el griego se podía leer el contenido. Eso no equivale a leer la escritura. Entre 1802 y 1814 la piedra estuvo disponible para media Europa y nadie sacó de ella un sistema. El sueco Johan David Åkerblad identificó nombres propios en la parte demótica y llegó a aislar valores sueltos, pero se quedó ahí, en parte porque asumía que el demótico era enteramente alfabético. Silvestre de Sacy, orientalista de peso y maestro de Champollion, avanzó poco y lo reconoció.

    Lo que sí hizo Thomas Young

    Hacia 1814, Thomas Young —médico, físico, el de la interferencia de la luz— se metió en el asunto casi como pasatiempo y aportó dos cosas serias. La primera: demostró que el demótico y el jeroglífico no eran sistemas ajenos, sino formas emparentadas de lo mismo. La segunda: se tomó en serio los cartuchos.

    El razonamiento era razonable. Si esos óvalos encierran nombres reales, y el texto griego dice «Ptolemaios», los signos de dentro deberían corresponder a esos sonidos. Young repartió las letras entre los signos del cartucho de Ptolomeo y acertó varias. Publicó sus resultados en el suplemento de la Encyclopaedia Britannica en 1819.

    Ahí se paró. Young pensaba que la fonética era una excepción reservada a nombres extranjeros —griegos, persas—, un apaño para escribir sonidos que la escritura sagrada no contemplaba. Para el resto seguía imaginando un sistema de símbolos. Le faltaba, además, algo que Champollion sí tenía.

    La ventaja del copto

    El copto es la última etapa de la lengua egipcia, escrita con alfabeto griego más unos signos tomados del demótico. Que descendía del egipcio antiguo lo había defendido ya en el siglo XVII el jesuita Athanasius Kircher, que se equivocó en casi todo lo demás. Champollion se lo tomó al pie de la letra: aprendió copto con la comunidad copta de París y llegó a escribir notas privadas en esa lengua.

    Eso cambia el problema. Sin copto, un signo fonético es un sonido suelto. Con copto, ese sonido se puede contrastar con palabras reales: se puede comprobar que es sol, que mise es engendrar, que nūte es dios. El cartucho de Ramsés no se resolvió por combinatoria, sino porque había una lengua viva con la que verificar la hipótesis.

    El caso decisivo fue Cleopatra, en el obelisco que William Bankes se llevó de File a Inglaterra: la p, la o y la l aparecían en las posiciones que exigía el cartucho de Ptolomeo. La prueba cruzada funcionaba.

    La carta a Dacier y la palabra que confundió a todos

    El 27 de septiembre de 1822, Champollion leyó ante la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres la Lettre à M. Dacier, dirigida a Bon-Joseph Dacier, secretario perpetuo de la institución. Entre el público estaba Thomas Young, que después reclamaría su parte del mérito con bastante razón y sin demasiado éxito.

    En esa carta hay una tabla que Champollion llamó «alfabeto de los jeroglíficos fonéticos». La palabra se quedó, y desde entonces mucha gente cree que existe un abecedario egipcio. Existe un grupo de unos veinticuatro signos que valen por una sola consonante, y sirven para enseñar a los niños a escribir su nombre en los museos. Pero el sistema completo es otra cosa, y Champollion lo expuso en el Précis du système hiéroglyphique de 1824: los signos pueden funcionar como fonogramas de una, dos o tres consonantes; como logogramas, cuando el dibujo vale por la cosa dibujada; y como determinativos, signos mudos que se colocan al final de la palabra para indicar de qué categoría es.

    El ejemplo de manual es el plano de casa, pr. Con un trazo vertical debajo, significa «casa». Sin él, aporta las consonantes p-r a otra palabra, como prj, «salir», que a su vez lleva detrás un par de piernas caminando para avisar de que ahí se habla de movimiento. Nadie pronunciaba las piernas. Estaban ahí para que el lector no se equivocara.

    Por qué «Ramsés» no se pronunciaba Ramsés

    La escritura egipcia anota consonantes y semiconsonantes. Las vocales no se escriben. Cuando un egiptólogo translitera nfr, no está diciendo cómo sonaba: está anotando el esqueleto consonántico. Para poder pronunciarlo en voz alta, la disciplina adoptó hace más de un siglo una convención puramente práctica: meter una e entre consonantes y leer ciertos signos como vocales. Así nfr se dice «néfer» y ḥtp se dice «hetep».

    De ahí salen los nombres que todos usamos. Twt-ꜥnḫ-jmn se convierte en Tutankamón. El mismo faraón puede llamarse Amenhotep en la convención moderna y Amenofis en la transcripción griega, y ninguna de las dos formas es la que oía él.

    Sí hay vías para acercarse al sonido real, y todas son indirectas: el copto, que conserva las vocales de la etapa final; las transcripciones griegas de época tardía; y las escrituras silábicas de otras lenguas, que sí anotan vocales. En la versión hitita del tratado con Egipto, Ramsés II aparece escrito en cuneiforme como Riamašeša. Es una foto tomada desde fuera, con el acento de un escriba extranjero, pero es una foto.

    Lo que sigue en discusión

    El reparto de méritos entre Young y Champollion nunca se cerró del todo, y la bibliografía anglosajona y la francesa siguen inclinando la balanza de manera distinta. La reconstrucción fonológica está más viva todavía: hay especialistas que defienden que el signo transliterado como , tratado durante décadas como una consonante gutural, funcionaba en las etapas antiguas como una líquida próxima a una r o una l. Si eso se acepta, buena parte de las lecturas convencionales de nombres del Reino Antiguo habría que revisarla.

    Lo que quedó firme desde 1824 es la arquitectura del sistema. Sonido, imagen y categoría, mezclados en la misma línea, y un lector que sabía cuál de las tres funciones tocaba en cada momento.

  • Deir el-Medina, año 29 de Ramsés III: la sentada de los obreros y los partes de faltas de un pueblo

    Deir el-Medina, año 29 de Ramsés III: la sentada de los obreros y los partes de faltas de un pueblo

    La mañana del día 10 del segundo mes de la estación peret, en el año 29 del reinado de Ramsés III, los hombres que excavaban y decoraban las tumbas del Valle de los Reyes no subieron a trabajar. Bajaron. Cruzaron los cinco muros de la necrópolis —los mismos que marcaban el territorio vigilado donde no entraba cualquiera— y se sentaron en la parte trasera del templo funerario de Menkheperra, el de Tutmosis III, que para entonces llevaba tres siglos en pie. Allí se quedaron. No hubo asalto, ni incendio, ni motín. Hubo una sentada, y hubo un escriba tomando nota.

    Ese escriba se llamaba Amennakht, hijo de Ipuy, y era el escriba de la Tumba: el funcionario que llevaba la contabilidad de la obra más cara del Estado. Su relato de aquellos días se conserva en un papiro que hoy está en el Museo Egizio de Turín, catalogado como P. Turin 1880 y conocido desde hace un siglo como el Papiro de la Huelga. Es, hasta donde alcanza la documentación conservada, el primer conflicto laboral del que tenemos un parte escrito por alguien que estaba delante.

    Un pueblo que lo apuntaba todo

    Deir el-Medina, en la orilla occidental de Tebas, no era una aldea cualquiera. Era un poblado cerrado, de unas sesenta y ocho casas dentro del muro, construido por la corona para alojar a la cuadrilla que trabajaba en las tumbas reales durante las dinastías XVIII a XX. Sus habitantes eran artesanos cualificados: canteros, dibujantes, escultores, pintores. Y una proporción llamativa de ellos sabía leer y escribir.

    De ahí viene lo excepcional del sitio. La misión italiana de Ernesto Schiaparelli trabajó allí entre 1905 y 1909, pero la excavación sistemática la firma Bernard Bruyère para el Institut français d’archéologie orientale (IFAO), en campañas que se prolongaron de 1917 a 1947. Bruyère vació, entre otras cosas, el gran pozo del poblado, y de allí y de los vertederos salieron miles de óstraca: lascas de caliza y fragmentos de cerámica usados como papel de borrador. Jaroslav Černý dedicó buena parte de su vida a leerlos y ordenarlos; hoy el grueso del material no literario está catalogado en la base de datos de Deir el-Medina de la Universidad de Leiden, iniciativa asociada al trabajo de Robert Demarée.

    Lo que contienen esos fragmentos no es literatura. Son listas de asistencia, entregas de grano, préstamos entre vecinos, denuncias por un burro robado, consultas al oráculo, sentencias del tribunal local, cartas privadas y algún ajuste de cuentas doméstico. El archivo administrativo de un pueblo entero, tirado a la basura y conservado por la sequedad del desierto.

    Ocho días arriba, dos días abajo

    Con ese material se puede reconstruir cómo era realmente una semana de trabajo egipcia. No tenía siete días, sino diez: la década. De esos diez, se trabajaban ocho, y los días 9 y 10 eran de descanso. Durante los ocho días de faena la cuadrilla no volvía a casa cada tarde: se quedaba en un campamento de cabañas levantado en el collado que separa el poblado del Valle de los Reyes, para no repetir la subida dos veces al día. Los fines de década se bajaba al pueblo.

    La cuadrilla estaba dividida en dos mitades, el lado derecho y el lado izquierdo, cada una con su capataz, y el escriba por encima de ambos. El sueldo se pagaba en grano —del orden de cuatro sacos de trigo emmer y uno y medio de cebada al mes por obrero, con más para capataces y escriba—, complementado con pescado, verdura, aceite, leña y agua que traían proveedores externos. Todo eso dependía de que la administración del templo entregara a tiempo.

    Y luego están los partes de faltas. El más famoso es un óstracon del British Museum, el O. BM EA 5634, que registra las ausencias de unos cuarenta obreros a lo largo del año 40 de Ramsés II. Junto a cada nombre, el motivo. Enfermedad. Ojos malos. Picadura de escorpión. Estaba embalsamando a su hermano. Estaba construyendo su casa. Estaba haciendo cerveza. Su mujer estaba con la regla. Estaba con el escriba. Ofrenda al dios. La cuadrilla de la tumba del faraón faltaba al trabajo por las mismas razones por las que falta cualquiera, y alguien lo anotaba sin escandalizarse.

    Lo que pasó en el año 29

    Contra ese fondo se entiende la sentada. Las raciones llevaban semanas de retraso, y el sistema no tenía colchón: sin entrega no había con qué comer. Según el papiro de Turín, los obreros se plantaron delante de los funcionarios con un argumento que no admitía mucha réplica:

    Hemos llegado hasta aquí empujados por el hambre y la sed. No hay ropa, no hay ungüento, no hay pescado, no hay verduras. Escribid al faraón, nuestro buen señor, y escribid al visir, nuestro superior, para que se nos den provisiones.

    Al día siguiente el grupo se desplazó a la puerta sur del Ramesseum. Después hubo más episodios, en ese mes y en los siguientes. Aparecieron el jefe de policía de la necrópolis, los administradores de los templos, y acabó interviniendo la cadena de mando hasta el visir. Se hicieron entregas parciales. La cosa se repitió. El reinado de Ramsés III se sitúa aproximadamente entre 1184 y 1153 a. C. según la cronología convencional del Reino Nuevo, de modo que estos hechos caen en torno a 1157 a. C., con el margen que arrastra esa datación.

    Qué se discute todavía

    Que el episodio ocurrió no está en duda: hay texto, hay autor identificable y hay contexto administrativo. Lo que sigue abierto es cómo interpretarlo.

    • Si fue una huelga o una reclamación reglada. Varios especialistas señalan que dejar el trabajo y sentarse en un lugar visible pudo ser un procedimiento reconocido dentro de un sistema redistributivo, más cerca de una apelación formal que de la ruptura de un contrato. Otros subrayan la coacción real que suponía parar la obra funeraria del rey.
    • Si el retraso fue local o sistémico. El trabajo de Jac. J. Janssen sobre los precios de las mercancías en época ramésida documentó oscilaciones fuertes en el precio del grano durante la dinastía XX. Para unos, los impagos apuntan a una crisis general del Estado; para otros, a un fallo concreto de los templos encargados de suministrar.
    • Cuánto se puede generalizar. Deir el-Medina era un pueblo atípico: privilegiado, alfabetizado y pagado directamente por la corona. Lo que sus óstraca cuentan sobre horarios, ausencias y pleitos vale con seguridad para esa comunidad; extenderlo al campesinado del Delta es otra discusión.

    El IFAO sigue trabajando en el yacimiento y el material continúa publicándose y digitalizándose, así que el expediente laboral de este pueblo todavía crece. Andrea McDowell reunió una buena selección traducida de estos documentos en Village Life in Ancient Egypt, y es la vía más directa para leer, sin intermediarios, la queja de un hombre que hace treinta y dos siglos anotó que no había pescado ni verduras.

  • Los Pueblos del Mar: lo que Ramsés III mandó grabar en la pared de Medinet Habu

    Los Pueblos del Mar: lo que Ramsés III mandó grabar en la pared de Medinet Habu

    Al oeste de Luxor, pasado el cruce donde la mayoría de los autobuses tuercen hacia el Valle de los Reyes, hay un templo al que casi nadie llega con tiempo. Se llama Medinet Habu y es el templo funerario de Ramsés III. En una de sus paredes exteriores, a pleno sol, está grabado el relato de la mayor crisis que vivió Egipto en toda su historia.

    Lo mandó escribir el hombre que la vivió. Y hay que leerlo con cuidado, porque un texto grabado en piedra por un faraón nunca es solo un parte de guerra.

    El nombre se lo pusimos nosotros

    Empecemos por lo primero: no sabemos cómo se llamaban a sí mismos. «Pueblos del Mar» es una etiqueta moderna, no una traducción de nada.

    La acuñó el egiptólogo francés Emmanuel de Rougé, que describió estos relieves de Medinet Habu a mediados del siglo XIX, y la popularizó después Gaston Maspero, que lo sucedió en el Collège de France y le añadió lo que ha llegado hasta nosotros: la idea de una gran migración de pueblos.

    Conviene saberlo porque la etiqueta trae puesta una interpretación. Al decir «Pueblos del Mar» ya estamos diciendo que eran pueblos y que venían del mar, y ninguna de las dos cosas está tan clara como suena.

    Lo que dice la inscripción

    El pasaje más citado del templo, correspondiente al octavo año del reinado de Ramsés III, viene a decir esto:

    Los países extranjeros conspiraron en sus islas. De pronto los pueblos fueron desplazados y dispersados por la guerra. Ningún país pudo resistir sus armas: Hatti, Qode, Karkemish, Arzawa y Alashiya fueron cortados. Se estableció un campamento en Amurru. Aniquilaron a su gente y su tierra quedó como si nunca hubiera existido. Avanzaban hacia Egipto.

    Esa lista de nombres es la parte escalofriante, y merece desglosarse despacio.

    Los reinos de la lista

    • Hatti es el imperio hitita, la otra superpotencia de la época, la misma con la que Egipto había firmado un tratado de paz una generación antes tras la batalla de Qadesh.
    • Karkemish, uno de los grandes centros del norte de Siria.
    • Arzawa, en el occidente de Anatolia.
    • Alashiya, que casi con seguridad es Chipre.
    • Amurru, la franja costera siria.

    Y todos, según el texto, al mismo tiempo.

    Los nombres de los invasores

    Las inscripciones egipcias no hablan de un enemigo, sino de varios con nombre propio: peleset, tjeker, shekelesh, denyen, weshesh, sherden.

    Algunos resuenan. Los peleset son, con bastante consenso, los que la Biblia llamará después filisteos, y de ahí sale, por una vuelta larga del idioma, el nombre de Palestina. A los denyen se los ha relacionado con los danaoi que Homero usa para nombrar a los griegos.

    Otras identificaciones circulan mucho más de lo que aguantan. Que los sherden dieran nombre a Cerdeña y los shekelesh a Sicilia es una propuesta antigua y atractiva, pero sigue siendo una hipótesis discutida: encaja igual de bien que fueran a esas islas después, y no que vinieran de ellas.

    No eran ejércitos, y ese es el detalle

    Los relieves de Medinet Habu enseñan algo que un parte de guerra normal no enseñaría: carros tirados por bueyes cargados con mujeres y niños.

    Eso no es una expedición militar. Es gente moviéndose con todo lo que tiene, que es un fenómeno muy distinto y bastante peor para quien está al otro lado. Un ejército derrotado se retira; una población desplazada no tiene adónde volver.

    Cómo se lee hoy todo esto

    Durante un siglo, el relato fue sencillo: llegaron los Pueblos del Mar y se llevaron por delante el mundo del Bronce Final. La investigación de las últimas décadas ha ido moviendo esa explicación de sitio.

    Hay dos motivos.

    El primero es de método. Casi todo lo que sabemos de ellos viene de fuentes egipcias, y las fuentes egipcias tienen un género: el faraón victorioso frente al caos extranjero. La lista de reinos «cortados» y la afirmación de que ninguno pudo resistir cumplen una función dentro del texto, que es agrandar lo que Ramsés III sí consiguió detener. Eso no significa que sea falso —Hatti se derrumbó de verdad en esos años—, pero sí que la piedra no es un informe neutral.

    El segundo es de contexto. En ese mismo tramo de años hay indicios de sequías prolongadas en el Mediterráneo oriental, terremotos, rutas comerciales rotas y varias ciudades destruidas en un mundo donde los palacios dependían unos de otros para el estaño, el cobre y el grano. Cuando un sistema así se agrieta, se agrieta entero.

    Por eso hoy se tiende a leer a los Pueblos del Mar más como consecuencia del colapso que como su causa: gente que se movió porque su mundo dejó de funcionar, y que al moverse empujó a otros. Una ficha de dominó grande, no la mano que las tira.

    Qué queda del episodio

    Egipto aguantó. Fue el único de los grandes que lo hizo, y lo pagó caro: el Reino Nuevo entra en su tramo final y no vuelve a ser lo que era.

    De aquellos nombres borrosos salieron después pueblos con historia propia, asentados en costas que ya no eran las suyas. Y de la pared de un templo del desierto salió, tres mil años más tarde, una etiqueta de museo que seguimos usando por comodidad, sabiendo que no se la puso nadie de los que la llevan.

    Si alguna vez cruza usted el Nilo hacia la orilla oeste, merece la pena reservar una hora para Medinet Habu. Los relieves siguen ahí, con el color agarrado en los huecos, contando una versión de los hechos que llevamos treinta siglos discutiendo.

  • El diario de Merer: lo que la contabilidad de un capataz cuenta sobre la piedra de Keops

    El diario de Merer: lo que la contabilidad de un capataz cuenta sobre la piedra de Keops

    En la primavera de 2013, un equipo franco-egipcio dirigido por Pierre Tallet y Gregory Marouard estaba vaciando la arena de la entrada de unas galerías excavadas en la roca, en la costa del mar Rojo, unos 120 kilómetros al sur de Suez. Las galerías servían de almacén: allí se guardaban barcos desmontados, cuerdas, anclas de piedra. Entre los bloques de caliza que sellaban dos de ellas apareció un montón de fragmentos de papiro. Algunos eran del tamaño de un sello; otros medían medio metro.

    Cuando se pudieron leer, resultó que aquellos papiros no hablaban del mar Rojo. Hablaban de la Gran Pirámide, a más de doscientos kilómetros de allí, al otro lado del desierto oriental.

    Un cuaderno de obra de la cuarta dinastía

    El yacimiento es Wadi al-Jarf, el puerto operativo más antiguo conocido, excavado desde 2011 por una misión del Instituto Francés de Arqueología Oriental (IFAO) con la Universidad de París-Sorbona y el Ministerio de Antigüedades egipcio. Los papiros que salieron de allí son los documentos inscritos en papiro más antiguos que se conservan. Están fechados en el año posterior al decimotercer censo de Keops, es decir, en el tramo final de su reinado, en torno al 2560 a. C. según la cronología que se maneje. La datación no descansa en una técnica de laboratorio: los propios documentos llevan el nombre del rey y una contabilidad fechada día a día.

    Y ahí está lo interesante. No son un himno, ni una inscripción conmemorativa, ni una lista de títulos. Son papeleo. El más aburrido de los géneros egipcios y, por eso mismo, el más difícil de manipular.

    Quién era Merer

    El autor material de dos de los rollos —los que Tallet publicó como Diario A y Diario B— es un hombre llamado Merer. Su título se traduce habitualmente como inspector: estaba al frente de un equipo de unos cuarenta hombres, una de esas unidades de trabajo que la administración de la cuarta dinastía organizaba en cuadrillas con nombre propio. Merer no era arquitecto ni sacerdote. Era el tipo que apuntaba lo que hacía su gente cada jornada.

    El formato lo dice todo: una cuadrícula, con las columnas correspondientes a los días del mes egipcio y anotaciones breves en cada casilla. Zarpa. Carga. Pernocta. Vuelve a zarpar. Es un parte de trabajo con la misma lógica que tendría hoy el registro de un jefe de equipo de transporte.

    Tura, Guiza y una escala en medio

    La ruta que se repite en el diario va de las canteras de Tura, en la orilla oriental del Nilo, hasta Guiza, al monumento que los textos llaman Ajet-Jufu, el Horizonte de Keops. Tura daba la caliza fina, blanca, la del revestimiento exterior; no la piedra basta del núcleo, que salía de la propia meseta.

    Las entradas encadenan un circuito reconocible. El equipo carga en Tura, navega hacia Guiza, hace noche en un lugar llamado Ro-She Jufu —algo así como la entrada del estanque o de la cuenca de Keops—, entrega la carga en Ajet-Jufu al día siguiente y remonta el río de vuelta a la cantera. Un ciclo completo cabía en pocas jornadas, y el mismo equipo lo repite varias veces dentro del mismo mes. La ventaja de un documento así es que sustituye la especulación por una cadencia observada: ya no hay que imaginar cuánto tardaría una barcaza cargada, porque un hombre lo anotó.

    Ese Ro-She Jufu apunta a lo que Mark Lehner lleva años defendiendo desde el otro extremo de la ruta: que al pie de la meseta de Guiza hubo una cuenca portuaria alimentada por canales, conectada con el Nilo, y que la obra se abastecía por agua hasta casi el pie del monumento. Los sondeos del proyecto AERA en la zona baja de Guiza han ido documentando depósitos fluviales y estructuras compatibles con ese puerto interior. El diario de Merer y las excavaciones de Lehner se leen bien juntos porque describen los dos extremos del mismo trayecto.

    Sobre el conjunto aparece un nombre: Anj-haf, medio hermano del rey, que en los papiros figura al mando de los trabajos. De él se conserva un busto excepcional, hoy en el Museum of Fine Arts de Boston. Es raro poder poner cara al responsable de una obra de hace cuarenta y cinco siglos.

    Pan, cerveza y tejidos

    Junto a los diarios aparecieron documentos de otra naturaleza: cuentas de suministro. Registran entregas de grano, pan, cerveza y textiles a los equipos, con indicación de las instituciones que las servían. Distintos graneros y dominios alimentaban a la cuadrilla mientras esta se movía por el país.

    Aquí es donde estos papiros pesan más que cualquier argumento retórico contra la vieja idea de las masas de esclavos. No la refutan con una frase, la refutan con un sistema: hombres agrupados en unidades con nombre, un inspector que rinde cuentas, una cadena de avituallamiento que reparte raciones y ropa, y un calendario de rotaciones. Encaja con lo que se venía viendo sobre el terreno desde los años noventa en Heit el-Ghurab, el asentamiento de trabajadores al sur de la meseta, con sus panaderías, sus depósitos de restos de ganado y su cementerio de obreros excavado por Zahi Hawass, donde hay tumbas modestas pero cuidadas, con inscripciones y con esqueletos que muestran fracturas soldadas por manos expertas.

    Lo que sigue discutiéndose

    Que la piedra transportada sea caliza de Tura tiene una consecuencia que no todos leen igual. Para varios especialistas, el diario documenta la fase de acabado de la pirámide, el revestimiento, no el levantamiento del núcleo, de modo que sería un testimonio del final de la obra y no de su grueso. Otros son más prudentes y recuerdan que solo se conservan unos pocos meses de registro de un solo equipo, y que extrapolar de ahí el ritmo global de la construcción es forzar la muestra.

    Tampoco está cerrado el estatuto laboral de estos hombres. Que reciban raciones y estén encuadrados no aclara si eran personal permanente del Estado o cuadrillas reclutadas por temporadas, ni cómo se articulaba eso con las expediciones al Sinaí en las que el mismo Merer aparece implicado. La localización exacta de la cuenca de Guiza y el trazado de los canales siguen dependiendo de sondeos y de reconstrucciones paleoambientales que aún se están afinando.

    Queda una pregunta menor y bonita: por qué el cuaderno de un transportista de piedra acabó enterrado en un puerto del mar Rojo. La explicación que maneja la misión es que el mismo equipo servía en las expediciones marítimas que salían de Wadi al-Jarf hacia las minas del Sinaí, y que sus archivos administrativos viajaron con él y se quedaron allí cuando las galerías se sellaron por última vez. Un descuido burocrático de la cuarta dinastía es, hoy, la mejor descripción que tenemos de cómo se construyó la Gran Pirámide.

  • La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

    La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

    Alguien, hace unos dos mil seiscientos años, escribió en el barro de un cuenco lo que había que hacer con su contenido: ponerlo sobre la cabeza. No era una fórmula ritual ni una plegaria. Era una etiqueta, del mismo tipo que hoy llevaría un bote en la estantería de un laboratorio, escrita para que el siguiente en usarla no se equivocara. El cuenco apareció en el fondo de un pozo de Saqqara, junto a otros muchos que también llevaban instrucciones parecidas: para lavar, para tratar la piel, para que su olor resulte agradable.

    Ese conjunto de recipientes rotulados es, hasta la fecha, lo más parecido que existe a un recetario del embalsamamiento egipcio escrito por quienes lo practicaban. Y durante seis años nadie supo del todo qué había dentro.

    Un taller a treinta metros bajo la arena

    El complejo salió a la luz en 2016, en el área situada al sur de la pirámide de Unas, durante los trabajos de la misión egipcio-alemana dirigida por Ramadán Badry Hussein, de la Universidad de Tubinga, en colaboración con el ministerio egipcio de Antigüedades. La estructura combina un espacio de trabajo en superficie con un pozo que baja unos treinta metros hasta una cámara subterránea donde se realizaban las operaciones, y desde la que se accede a varias cámaras funerarias.

    La datación sitúa el uso del taller en el periodo saíta, en torno a la dinastía XXVI, aproximadamente entre 664 y 525 a. C., aunque el conjunto arquitectónico se reutilizó después. Es una fecha tardía en la larga historia de la momificación egipcia, y conviene tenerla presente: lo que se hacía en Saqqara en el siglo VI a. C. no tiene por qué coincidir con lo que se hacía mil años antes en Tebas.

    Los arqueólogos recuperaron allí una treintena de vasijas cerámicas —cuencos, copas, recipientes de medida— con restos adheridos y, en muchos casos, con inscripciones en hierático. Algunas indican el nombre del producto. Otras, la operación. Unas cuantas, las dos cosas. Hussein murió en marzo de 2022, antes de que se publicaran los resultados del análisis químico al que se sometieron esos restos.

    Lo que salió en el cromatógrafo

    El estudio apareció en Nature en febrero de 2023, firmado por un equipo encabezado por Maxime Rageot y Philipp Stockhammer, con participación de la Universidad de Tubinga, la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich y el Centro Nacional de Investigación de El Cairo. La técnica es conocida: cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas, que separa los compuestos de una mezcla e identifica cada uno por su firma molecular. Aplicada a un residuo pegado al interior de una vasija, permite reconstruir con bastante detalle qué grasas, aceites y resinas se mezclaron dentro.

    Aparecieron grasas animales, cera de abeja, aceites vegetales, betún, alquitranes obtenidos de coníferas —enebro, ciprés, cedro— y resinas de varios géneros. Entre ellas, tres que no cuadran con la idea de un embalsamamiento abastecido con productos del valle del Nilo y del desierto oriental:

    • Resina de Pistacia, procedente de árboles del Mediterráneo oriental y del Levante.
    • Elemí, una oleorresina del género Canarium, presente en zonas tropicales de África y del sudeste asiático.
    • Dammar, resina de árboles del género Shorea, que crecen en las selvas del sudeste asiático y no en África.

    La conclusión que se sigue de ahí no tiene que ver con el más allá, sino con rutas comerciales. Para embalsamar a un difunto de cierta posición en Saqqara hacía falta material que había recorrido miles de kilómetros, probablemente en varias etapas y a través de intermediarios. El taller funerario estaba conectado, a su manera, con el comercio de larga distancia del primer milenio a. C.

    Palabras que no significaban lo que se creía

    La parte más incómoda para la egiptología llegó al cruzar los rótulos con los residuos. Dos términos aparecen una y otra vez en los textos funerarios egipcios: antiu y sefet. El primero se venía traduciendo habitualmente como mirra o incienso; el segundo, como un aceite o ungüento concreto de la lista canónica de los siete aceites sagrados.

    En las vasijas de Saqqara, los recipientes rotulados con esos nombres no contenían una sustancia única, ni la que cabía esperar. Lo que aparecía eran mezclas: en el caso de antiu, combinaciones de grasas animales con aceites y alquitranes de cedro y de cupresáceas, sin rastro de mirra. El nombre, por tanto, parece designar una preparación —un producto de taller, con su fórmula— y no una materia prima botánica identificable. Distintos recipientes con la misma etiqueta contienen composiciones que no son idénticas entre sí.

    Las instrucciones añaden una capa más. El emparejamiento entre operación y sustancia deja de ser genérico: sobre la cabeza iba una preparación distinta de la que se aplicaba a la piel, y esta a su vez distinta de la que impregnaba las vendas. Hay una lógica de especialización por zona del cuerpo, y en varios casos las propiedades de los ingredientes —antibacterianas, antifúngicas, aromáticas— encajan con la función que tenían que cumplir.

    Heródoto, corregido por el frasco

    La descripción del embalsamamiento que más ha circulado en Occidente es la de Heródoto, en el libro II de sus Historias, escrita hacia mediados del siglo V a. C. Habla de tres procedimientos según el precio, menciona la extracción del cerebro por la nariz, el natrón y la inyección de un aceite de cedro en el abdomen para el método intermedio.

    Heródoto escribió, cronológicamente, muy cerca del momento en que funcionaba el taller de Saqqara, y sin embargo su relato es el de un visitante que recoge lo que le cuentan. Los residuos apuntan a un proceso bastante más segmentado que el suyo, con productos importados que él no menciona y con nombres egipcios cuyo contenido real solo se puede establecer analizando el poso de las vasijas. Su testimonio conserva valor como descripción externa; deja de servir como inventario de materiales.

    Lo que sigue discutiéndose

    Varias cosas quedan abiertas. La identificación del dammar y del elemí se apoya en marcadores moleculares que otros especialistas consideran menos exclusivos de lo que parece, dado que resinas de distintas burseráceas comparten componentes; hay quien pide más muestras antes de dar por firme la conexión con el sudeste asiático. Tampoco está claro si esos materiales llegaban por vía marítima desde el Índico o por rutas terrestres a través de Arabia, ni desde cuándo.

    Y está el problema de la representatividad. Saqqara ofrece un taller, una época y una clientela concreta. Extender sus fórmulas a los tres mil años largos de práctica funeraria egipcia sería ir mucho más allá de lo que sostienen los datos. La vía para comprobarlo pasa por aplicar el mismo análisis a residuos de otros yacimientos y otras dinastías, con la esperanza de que en alguno de ellos vuelva a aparecer alguien que tuvo la costumbre de escribir en el barro para qué servía cada cosa.

  • El corredor de la cara norte de Keops: qué ha medido de verdad la muografía

    El corredor de la cara norte de Keops: qué ha medido de verdad la muografía

    En marzo de 2023, la revista Nature Communications publicó la caracterización de una cavidad alargada situada detrás de la estructura de bloques en ángulo —los llamados chevrones— que se ve en la cara norte de la Gran Pirámide de Guiza, por encima de la entrada original. El trabajo lo firmaba el equipo de ScanPyramids, la misión que desde 2015 aplica técnicas no destructivas a las pirámides del Reino Antiguo bajo la codirección del HIP Institute y la Facultad de Ingeniería de la Universidad de El Cairo, con permiso del Ministerio de Antigüedades egipcio. La cifra que circuló por la prensa fue la de un pasadizo secreto de nueve metros. Lo que hay detrás de esa cifra merece contarse con algo más de detalle, porque explica bien qué puede y qué no puede hacer la muografía.

    Partículas del espacio como fuente de luz

    Los rayos cósmicos que llegan a la alta atmósfera generan cascadas de partículas, y entre los productos que alcanzan la superficie destacan los muones: partículas del mismo tipo que el electrón pero unas doscientas veces más masivas, capaces de atravesar decenas de metros de roca antes de detenerse. A nivel del mar llega aproximadamente un muón por centímetro cuadrado y minuto, de forma continua y desde todas las direcciones del cielo.

    La idea es la misma que la de una radiografía, con dos diferencias importantes. La fuente no se controla: es el cielo, y hay que esperar semanas o meses a acumular estadística suficiente. Y lo que se mide no es una imagen, sino cuántos muones llegan por cada dirección del cielo. Donde el detector registra un exceso de muones respecto a lo que predice el modelo de la pirámide maciza, hay menos materia en esa línea de visión de la que debería haber. Eso es un vacío. El método lo aplicó Luis Álvarez a la pirámide de Kefrén a finales de los sesenta, sin resultados positivos; lo que ha cambiado desde entonces son los detectores.

    ScanPyramids empleó tres tecnologías independientes, y esa redundancia es la parte más sólida del planteamiento. La Universidad de Nagoya, con el equipo de Kunihiro Morishima, instaló películas de emulsión nuclear: detectores pasivos, sin electrónica ni alimentación, que registran las trazas y se revelan y escanean después en laboratorio. El KEK japonés aportó hodoscopios de centelleo, que sí dan lectura electrónica en tiempo real. Y el CEA francés, con el grupo de Sébastien Procureur, desplegó telescopios de gas de tipo micromegas, colocados en el exterior de la cara norte. Antes de trabajar en Keops, la misión validó el procedimiento en la pirámide Acodada de Dahshur, donde la muografía reprodujo cámaras y corredores ya conocidos.

    Qué resolución tiene en realidad

    Aquí es donde conviene bajar las expectativas. Un telescopio de muones mide direcciones, no distancias. Su precisión angular es buena, pero se traduce en precisión espacial dividida por la distancia al objeto: una misma resolución angular que distingue detalles de decenas de centímetros a diez metros del detector solo distingue estructuras de varios metros a cien metros. Por eso el corredor de la cara norte pudo acotarse con relativa finura —los detectores estaban muy cerca, dentro del corredor descendente y pegados al exterior de la fachada— y el gran vacío interior, mucho más lejano de cualquier punto accesible, sigue descrito con márgenes amplios.

    Además, la muografía no ve arquitectura. Ve densidad integrada a lo largo del camino del muón. Puede afirmar que en cierto volumen falta masa; no puede decir si las paredes están talladas, si hay revestimiento, si el espacio contiene algo o si su suelo está a un nivel o a otro. Cualquier titular que hable de una cámara con contenido está añadiendo información que el instrumento no proporciona.

    El corredor y el endoscopio

    La anomalía de la cara norte se anunció ya en 2016 como una zona de exceso de muones detrás de los chevrones. El trabajo de 2023 la describió como una cavidad de en torno a nueve metros de longitud y aproximadamente dos metros de anchura y de altura, con el techo apuntado, siguiendo el mismo perfil que los bloques inclinados que se ven desde fuera.

    Lo que dio peso definitivo al resultado no fue la muografía sola, sino la comprobación directa. Un equipo de la Universidad Técnica de Múnich, especializado en ensayos no destructivos, trabajó con ultrasonidos y radar sobre la zona y localizó una junta abierta entre bloques por la que se introdujo un endoscopio de unos seis milímetros de diámetro. Las imágenes mostraron un espacio vacío coherente con lo predicho: paredes de caliza sin decoración, suelo cubierto de fragmentos, un techo a dos aguas. Es un caso poco frecuente en el que una predicción hecha con partículas subatómicas se contrasta con una cámara metida por un agujero.

    Por qué se piensa en descarga de peso

    La interpretación más discutida no es la existencia del corredor, sino su función. La hipótesis que manejan los propios autores y buena parte de los especialistas es constructiva: los chevrones de la cara norte son una estructura de descarga que desvía el peso de la mampostería hacia los lados de la entrada original, y el vacío que hay detrás formaría parte de ese mismo sistema. Keops contiene un precedente evidente en las cinco cámaras superpuestas sobre la cámara del rey, cuyo cometido es exactamente ese. Un hueco sin decoración, sin acceso desde el interior conocido y alineado con una estructura de descarga encaja mejor en la ingeniería del monumento que en la idea de un espacio ceremonial.

    No todo el mundo se ha quedado ahí. Zahi Hawass ha defendido en varias ocasiones que el corredor podría conducir a algo más, y la posibilidad de que descargue el peso sobre otra estructura todavía no localizada se ha planteado también desde el propio equipo. La diferencia entre una y otra postura no es de datos, sino de qué se considera razonable inferir a partir de ellos.

    El vacío grande sigue sin explicarse

    El otro resultado, publicado en Nature en noviembre de 2017, es de otra escala: una cavidad de al menos treinta metros de longitud situada por encima de la Gran Galería, con una sección transversal comparable a la de esta. Las tres tecnologías de detección la vieron por separado, lo que hace difícil atribuirla a un artefacto instrumental. Lo que no se sabe es prácticamente todo lo demás. Análisis posteriores de los mismos datos han propuesto que podría estar inclinada, o incluso que lo detectado corresponda a más de un espacio contiguo en lugar de a un único conducto.

    Sobre su función se han planteado desde una segunda galería de descarga hasta una cámara vinculada al proceso constructivo, y ninguna de esas propuestas se ha podido someter a la prueba que sí superó el corredor norte: mirar dentro. No hay junta accesible que lleve hasta allí, y perforar la Gran Pirámide para comprobarlo no está sobre la mesa. Lo previsible es que la siguiente respuesta llegue por donde llegó la pregunta, con campañas de detección más largas y detectores colocados en posiciones nuevas que permitan triangular mejor la forma y la orientación del volumen.