Un tercio de las momias animales escaneadas en Mánchester no llevaba animal dentro

Un tercio de las momias animales escaneadas en Mánchester no llevaba animal dentro

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En 1890, un almacén de Liverpool subastó un cargamento raro incluso para un puerto acostumbrado a todo: unas diecinueve toneladas de gatos momificados, cerca de 180.000 animales según las cifras que circularon entonces, llegados de un cementerio que un campesino había abierto por accidente en Beni Hassan dos años antes. Se vendieron a unas pocas libras la tonelada. Los molieron y los esparcieron como abono por los campos ingleses. La crónica del momento cuenta que el subastador remató las pujas golpeando la mesa con una cabeza de gato. Unos pocos cráneos se apartaron y acabaron en vitrinas de museo. El resto se fue al suelo de Yorkshire.

Nadie se planteó abrir aquellos fardos. Nadie se preguntó si dentro había un gato.

Lo que ve el escáner

Ciento treinta años después, esa pregunta tiene una respuesta incómoda. Desde 2010, el Ancient Egyptian Animal Bio Bank, un proyecto del Manchester Museum y la Universidad de Mánchester dirigido por la egiptóloga Lidija McKnight, ha ido llevando momias animales de colecciones británicas y europeas a salas de radiología de hospital. Radiografía convencional primero, tomografía computarizada después. Sin desenvolver nada: el vendaje es tan interesante como el contenido, y desenrollarlo es un billete de ida.

Con más de 800 piezas escaneadas, el reparto que describió el equipo se sostiene con una regularidad que sorprende:

Qué aparece dentro Proporción aproximada
Esqueleto completo o casi completo del animal esperado Alrededor de un tercio
Restos parciales: unos huesos, un ala, un fragmento de cráneo Alrededor de un tercio
Ningún material esquelético: barro, arena, plumas sueltas, cáscara de huevo, tela enrollada Alrededor de un tercio

El titular fácil se escribe solo, y conviene resistirse. Casos parecidos han aparecido en otras colecciones: un supuesto gato del museo de Rennes, escaneado por el equipo médico de la ciudad, resultó contener huesos de varios individuos distintos, ninguno de ellos entero. Y sin embargo llamar a esto una estafa exige suponer que sabemos qué esperaba encontrar el comprador. No lo sabemos, o no del todo.

Cuatro millones de ibis en un solo sitio

Para entender el volumen hay que bajar a las galerías. En Tuna el-Gebel, la necrópolis de la ciudad de Hermópolis, los corredores excavados en la roca guardaron una cantidad de ibis momificados que las estimaciones sitúan en torno a los cuatro millones. En la Necrópolis de los Animales Sagrados de Saqqara, trabajada durante años por la Egypt Exploration Society y estudiada después por Paul Nicholson y su equipo de la Universidad de Cardiff, la cifra estimada para los ibis anda cerca del millón y tres cuartos, con galerías aparte para halcones, babuinos y perros. Estamos hablando sobre todo del Periodo Tardío y de época ptolemaica, entre el siglo VII y el siglo I antes de nuestra era, con el grueso en los últimos siglos.

Eso no se improvisa. Alrededor de los santuarios funcionaban instalaciones de cría y engorde, personal dedicado a alimentar aves, talleres de vendaje, alfareros que producían las vasijas cerámicas donde se depositaban los fardos y sacerdotes que llevaban la contabilidad. Un análisis de ADN mitocondrial publicado en 2019 por Sally Wasef y su equipo, sobre cuarenta ibis de seis catacumbas distintas, encontró una diversidad genética parecida a la de poblaciones silvestres actuales. La lectura de los autores es que las aves no salían de granjas cerradas mantenidas durante generaciones, sino de capturas y engordes de corta duración en los humedales cercanos, quizá con manejo estacional. Otros especialistas replican que los textos y las instalaciones de Saqqara apuntan a una cría más controlada de lo que sugiere ese ADN. La discusión sigue viva.

El sacerdote que se quejó por escrito

Hay un testimonio egipcio de dentro del propio sistema, y es el detalle que más cambia la conversación. En el siglo II antes de nuestra era, un hombre llamado Hor de Sebenitos, vinculado al culto del ibis en Saqqara, dejó escritos en ostraca una serie de informes, sueños y denuncias que publicó el egiptólogo John D. Ray en 1976. Entre ellos hay un juramento sobre cómo debía hacerse el trabajo: un dios en una vasija. Uno solo.

Que alguien tuviera que ponerlo por escrito indica que no siempre se cumplía. Y también indica algo más interesante: la norma existía, se debatía y a alguien le importaba lo suficiente como para llevar el asunto a la administración del templo. La irregularidad no era un secreto industrial. Era un problema interno del que se hablaba.

Qué compraba realmente el peregrino

Un visitante llegaba a Hermópolis o a Saqqara en una fecha de fiesta, pagaba por un fardo y encargaba que se depositara en la galería sagrada. Lo que estaba adquiriendo era la ejecución de un voto: un mensaje a Thot, a Bastet o a Osiris, entregado a través de la criatura del dios. El fardo no se abría nunca. No estaba pensado para verse, ni para exhibirse, ni para volver a casa. Iba directo a una vasija y de la vasija a un corredor cerrado con miles más.

Ese punto de vista explica bastante de lo que muestran los escáneres. Una pluma de ibis participaba de la naturaleza del ibis. Barro del nido, cáscara de un huevo que no llegó a eclosionar, un ala de un ave muerta en el criadero: material del entorno sagrado, no relleno cualquiera. Si la intención hubiera sido engañar, cuesta explicar por qué tantos de los fardos vacíos contienen precisamente eso y no piedras. McKnight y su equipo han insistido en esa distinción, y también en que la mortalidad natural de un criadero de aves jóvenes daba de sobra para llenar envoltorios con restos incompletos sin que nadie tuviera que fingir nada.

Lo cual no borra la otra posibilidad. En una operación de este tamaño, con demanda estacional concentrada en las fiestas y un producto que el cliente no iba a inspeccionar jamás, el incentivo para estirar el material estaba servido. Probablemente convivieron las dos cosas: teología del fragmento y aprovechamiento de taller, según el año, el santuario y quién estuviera al mando.

Lo que queda abierto

Queda por resolver si las proporciones de Mánchester valen para el conjunto o solo para lo que llegó a Europa. Las colecciones decimonónicas se formaron comprando en el mercado de antigüedades, y los intermediarios elegían las piezas de vendaje más vistoso, que no tienen por qué ser las más representativas. Queda por fechar mejor: hay indicios de que los fardos con menos contenido se concentran en momentos concretos, pero para sostenerlo hacen falta muchas más dataciones por radiocarbono sobre el textil y sobre el contenido a la vez, algo que solo unos pocos proyectos han hecho. Y queda el trabajo de campo egipcio, que sigue sacando galerías nuevas y podría cambiar los porcentajes.

Mientras tanto, cada tomografía añade una línea a un censo que ninguna de las personas que fabricaron aquellos fardos imaginó que alguien fuera a levantar.