Dónde está el Egipto que no está en Egipto: las grandes colecciones y el estado de las reclamaciones

Dónde está el Egipto que no está en Egipto: las grandes colecciones y el estado de las reclamaciones

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En enero de 1913, en la casa de excavación que la misión alemana tenía levantada sobre la llanura de Amarna, alguien colocó los objetos de la campaña en dos lotes sobre una mesa. Era el procedimiento normal: un inspector del Servicio de Antigüedades egipcio se presentaba al final de la temporada, se repartía lo hallado y cada parte se llevaba lo suyo. Aquel día el inspector era Gustave Lefebvre. Firmó. Uno de los lotes viajó a Alemania, y dentro iba una cabeza de caliza recubierta de estuco pintado que se había encontrado el 6 de diciembre anterior en el taller del escultor Tutmose. Nadie en Egipto volvió a verla puesta en una vitrina.

Ese gesto administrativo —dos lotes, una firma— explica buena parte del Egipto que hoy se visita fuera de Egipto. Y explica también por qué las reclamaciones son mucho menos parecidas entre sí de lo que sugieren los titulares.

El inventario, con las cifras que publican los propios museos

Conviene empezar por el tamaño, porque el debate suele plantearse pieza a pieza y el volumen real es otro.

Colección Objetos egipcios (aprox.) Vía principal de entrada
British Museum (Londres) Más de 100.000 Botín diplomático, compras del siglo XIX, excavación
Museos Estatales de Berlín Decenas de miles Excavación con reparto, compras
Museo Egipcio de Turín Unos 40.000 Compra de una colección entera, excavación propia
Museo del Louvre (París) Unos 50.000 Compras del siglo XIX, excavación
Metropolitan Museum (Nueva York) Unos 26.000 Excavación propia con reparto

Turín es un caso limpio de compra: en 1824 Carlos Félix de Saboya adquirió el conjunto reunido por Bernardino Drovetti, cónsul de Francia en Egipto, y con eso nació el museo. Casi un siglo después, Ernesto Schiaparelli añadió lo que su misión sacaba de sus propias campañas, entre ello la tumba intacta del arquitecto Kha y su esposa Merit, encontrada en Deir el-Medina en 1906 y hoy expuesta prácticamente entera.

El Metropolitan es el ejemplo del otro modelo. Entre 1906 y los años treinta su departamento egipcio excavó por su cuenta en Lisht, Deir el-Bahari o Malqata, y se quedó con la mitad que le tocaba en cada reparto. La mayor parte de su sala no viene del mercado de antigüedades, sino de campañas firmadas y publicadas.

Tres puertas distintas

La primera es el reparto o partage. Fue legal durante décadas, con la ley egipcia de 1912 como marco, y solo se cerró del todo con la ley 117 de 1983, que declaró todas las antigüedades propiedad del Estado y prohibió su exportación. Lo que salió antes de esa fecha con acta firmada tiene, en términos jurídicos, poco por donde atacarse: la Convención de la UNESCO de 1970 no se aplica hacia atrás.

La segunda es la compra, con lo que la compra tenía de todo a principios del XIX. El zodiaco del templo de Dendera lo arrancó del techo Claude Lelorrain en 1821, por encargo del anticuario Sébastien Saulnier, usando sierras y pólvora. Llegó a París en 1822 y Luis XVIII lo pagó, según las cuentas de entonces, con 150.000 francos. Estuvo en la Biblioteca Real hasta 1919, cuando pasó al Louvre, donde sigue.

La tercera es la salida sin papeles, y es la única en la que las reclamaciones funcionan casi siempre. La Piedra de Rosetta ocupa una posición intermedia y por eso da tanto de sí: la encontraron soldados franceses en 1799 en el fuerte de Rashid, y pasó a manos británicas por el artículo 16 de la capitulación de Alejandría de 1801, un tratado firmado entre dos potencias europeas en el que Egipto no fue parte. Zahi Hawass, exministro de Antigüedades, ha reclamado públicamente esa pieza, el zodiaco y el busto de Nefertiti, con campañas de recogida de firmas. Ninguna de las tres se ha movido.

Qué se discute exactamente del acta de 1913

Aquí conviene la precisión, porque el asunto se cuenta muchas veces mal. Alemania sostiene que el busto salió por un reparto válido, firmado por un funcionario egipcio, y en eso no hay documento que lo contradiga. La discusión es otra: si Ludwig Borchardt describió la pieza de forma que rebajara su interés ante el inspector.

Dos puntos concretos alimentan la sospecha. En el listado del reparto la cabeza figura como de yeso, cuando el núcleo es de caliza con una capa de estuco modelado por encima. Y la fotografía que acompañaba la documentación es notoriamente pobre, tomada de manera que no luce. A eso se sumó, en 2009, la difusión de una nota conservada en el archivo de la Sociedad Oriental Alemana, escrita en 1924 por el secretario Bruno Güterbock a partir de lo que le contó el propio Borchardt, en la que se deja entrever que el excavador quiso asegurarse de que la pieza acabara en Berlín.

De ahí no sale una prueba de fraude, y quien lo presente así está estirando el material. Sale algo más incómodo y más interesante: la sospecha razonable de que el reparto se jugó con información desigual. La Fundación Prusiana del Patrimonio Cultural mantiene su posición desde hace un siglo. Egipto reclama desde 1924, cuando el busto se expuso por primera vez. Hubo un canje negociado a finales de los años veinte que se torció, y en 1933 una propuesta de devolución que se abortó por decisión política alemana.

Lo que sí ha vuelto

El contraste importa. Cuando el problema es de papeles falsos, los museos devuelven y lo hacen rápido. El Metropolitan entregó a Egipto en 2019 el sarcófago dorado de Nedjemankh, comprado dos años antes por varios millones con una licencia de exportación falsificada; había salido del país tras los saqueos de 2011. El Museo de Bellas Artes de Houston hizo lo propio con el llamado ataúd verde, restituido a Egipto en 2023 tras la investigación de la fiscalía de Manhattan. El ministerio egipcio publica listas periódicas de recuperaciones de este tipo.

Y hay una vía que no es reclamación sino regalo. Egipto cedió cuatro templos nubios a los países que financiaron el rescate de Abu Simbel: Dendur al Metropolitan, Ellesiya a Turín, Taffa a Leiden y Debod a España, hoy en el parque de la Montaña de Madrid.

Qué mueve el museo de Guiza

El Gran Museo Egipcio abrió del todo el 1 de noviembre de 2025, junto a la meseta de Guiza, con más de cien mil objetos y el ajuar completo de Tutankamón reunido por primera vez desde 1922. Su efecto sobre las reclamaciones no es jurídico: no cambia una coma de la ley de 1983 ni del tratado de 1801.

Lo que sí retira es el argumento de conservación, el que sostenía que ciertas piezas estaban mejor guardadas fuera. Con salas climatizadas, laboratorios propios y capacidad de exposición a esa escala, ese razonamiento ya no se puede usar sin quedar en evidencia. A cambio, los museos europeos se repliegan a la línea del título legal, que es más sólida y más fría. Lo probable es que el terreno de juego se desplace hacia los préstamos de larga duración y las exposiciones compartidas, fórmulas en las que el objeto viaja y la propiedad no se toca. Berlín lleva un siglo diciendo que no a mover el busto ni siquiera prestado, y no hay señal de que eso esté cambiando.