En el verano de 1886, Gaston Maspero, director del Servicio de Antigüedades de Egipto, tenía en el Museo de Bulaq una momia que no se atrevió a abrir. Estaba envuelta en lino anaranjado y cubierta de guirnaldas de flores secas. Sobre la cara llevaba una máscara de madera pintada que alguien había colocado con mucho cuidado casi tres mil años antes. Aquel mismo año Maspero desenvolvió a Ramsés II y a otros reyes. A este lo dejó como estaba.
El paquete contenía a Amenhotep I, segundo faraón de la dinastía XVIII, que reinó más o menos entre 1525 y 1504 antes de nuestra era. Esas fechas dependen de una cronología que todavía se ajusta y se discute. Durante 135 años fue la única momia real del gran escondite de Deir el-Bahari que nadie había desvendado en época moderna. Hasta que se escaneó.
Un escondite, una familia de saqueadores y una momia intacta
La historia empieza antes, en 1881. Durante años habían ido apareciendo en el mercado de antigüedades de Luxor objetos que solo podían salir de tumbas reales. El rastro llevó hasta la familia Abd el-Rassul, de Qurna, que había dado con un pozo en los acantilados de Deir el-Bahari, la tumba conocida hoy como DB320 o TT320. Cuando Émile Brugsch, ayudante de Maspero, bajó por el pozo, encontró ataúdes amontonados a lo largo del pasillo: Seqenenra Tao, Ahmose I, Tutmosis III, Seti I, Ramsés II… y Amenhotep I.
Los reyes no habían sido enterrados allí. Los habían llevado los sacerdotes de Amón de la dinastía XXI, hacia el 1000 antes de nuestra era, cuando el valle de los Reyes llevaba tiempo sufriendo saqueos. Recogieron los cuerpos, los arreglaron como pudieron y los guardaron juntos en un lugar más discreto. Dejaron notas en tinta sobre algunos vendajes y ataúdes: quién había hecho la restauración y en qué momento.
El desvendado como espectáculo
Lo que Maspero hizo con los demás reyes era lo habitual en su época. En la Inglaterra de la década de 1830, el cirujano Thomas Pettigrew desvendaba momias ante un público que pagaba entrada, y a ese tipo de actos se acudía como a una conferencia de sociedad. En El Cairo, el desvendado de Ramsés II en 1886 se hizo con autoridades presentes. Con cada momia abierta se ganaba información y se perdía otra que ya no podía recuperarse: la posición de los amuletos, el orden de las capas de lino, las reparaciones antiguas. Muchos cuerpos quedaron dañados para siempre.
Amenhotep I se libró por su aspecto. Deshacer aquel envoltorio suponía destruir la máscara y las guirnaldas, y Maspero no quiso hacerlo.
Qué hicieron Saleem y Hawass
En diciembre de 2021 la radióloga Sahar Saleem, de la Universidad de El Cairo, y el egiptólogo Zahi Hawass publicaron en la revista Frontiers in Medicine el estudio «Digital Unwrapping of the Mummy of King Amenhotep I». Habían pasado la momia por un tomógrafo computarizado, el mismo tipo de TAC que se usa en cualquier hospital. El aparato toma cientos de cortes de rayos X y un programa los combina en un volumen tridimensional. Después, sobre la pantalla, se pueden retirar una a una las capas de lino, dejar a la vista el esqueleto o reconstruir la superficie de la cara.
A esa técnica la llaman desvendado digital. Hace lo mismo que se hacía en el siglo XIX, pero sin tocar nada.
El rey debajo del lino
Según el estudio, Amenhotep I murió con unos 35 años. Esa edad se estima por el estado de los huesos y los dientes, así que hay que tomarla con un margen de varios años. Medía alrededor de 169 centímetros, estaba circuncidado y tenía buena dentadura. El escáner no mostró lesiones ni enfermedades que expliquen su muerte, de modo que la causa sigue sin conocerse.
La reconstrucción de la cara dio un mentón estrecho, una nariz pequeña y fina, pelo rizado y los dientes superiores algo adelantados. Saleem señaló que se parecía a su padre, Ahmose I, cuya momia sí se conoce sin vendas. Es una comparación a simple vista, sin ningún análisis genético detrás.
Entre las capas de tela aparecieron unos treinta amuletos y un cinturón hecho con cuentas de oro, que el escáner situó sobre la momia sin necesidad de moverlo. Desvendar el cuerpo a la manera de 1886 habría obligado a sacarlos, y se habría perdido para siempre el lugar exacto de cada uno. El equipo describió además su posición y el método de embalsamamiento, lo que sirve para comparar a este rey con los que lo precedieron y lo siguieron.
Las reparaciones de la dinastía XXI
Buena parte del interés del estudio está en las huellas de la restauración antigua. La tomografía mostró daños que Saleem y Hawass atribuyen a los ladrones de tumbas: la cabeza y el cuello separados del tronco, además de daños en un brazo y en otras partes del cuerpo. Los sacerdotes de la dinastía XXI los arreglaron. Volvieron a unir la cabeza con vendas empapadas en resina, taparon los huecos con lino y dejaron amuletos entre las capas nuevas.
Esto afecta a una discusión que sigue abierta. Una parte de los egiptólogos sostiene que el traslado de las momias reales en la dinastía XXI fue también una forma de aprovechar el oro de los enterramientos: al recoger los cuerpos, el propio Estado se quedaba con lo que tenían de valor, en años de escasez. El cinturón de oro de Amenhotep I no encaja bien con un despojo sistemático, y Saleem y Hawass lo presentan como prueba de que a los sacerdotes les interesaba reparar al rey.
El argumento tiene límites. Un cinturón en una sola momia no demuestra cómo se trató a todas, y quienes defienden el reciclaje de los ajuares no dicen que se quitara todo en todos los casos. Lo que el escáner confirma son las reparaciones. La intención de quienes las hicieron sigue siendo una interpretación.
Lo que queda pendiente
El estudio responde a lo que responde una tomografía: forma, densidad, posición. No indica de qué murió el rey ni permite fechar el cuerpo con precisión. Tampoco sustituye un análisis de ADN, que no se hizo, ni los análisis químicos de las resinas, que exigirían tomar muestras. La edad de unos 35 años se apoya en criterios pensados para esqueletos actuales, y aplicarlos a poblaciones antiguas añade incertidumbre.
Amenhotep I está hoy en el Museo Nacional de la Civilización Egipcia, en Fustat, con las guirnaldas y la máscara en su sitio. Por fuera se ve igual que en tiempos de Maspero, pero de lo que hay debajo ahora se sabe bastante.

