El 14 de septiembre de 1822, Jean-François Champollion abrió en su casa de París un paquete de dibujos. Se los enviaba Jean-Nicolas Huyot, un arquitecto que acababa de copiar relieves en Nubia, entre ellos los de Abu Simbel. Champollion tenía treinta y un años y llevaba media vida detrás de aquello. Fue pasando láminas hasta que se detuvo en un cartucho: un disco solar, debajo un signo que él ya sospechaba que sonaba ms, y al final dos signos repetidos que valían s.
El disco solar era un dibujo del sol. Y Champollion sabía cómo se decía «sol» en copto, la lengua de la liturgia cristiana de Egipto que él estudiaba desde adolescente: rē. Si el dibujo se leía por el sonido de la palabra egipcia que representaba, aquello daba Ra-ms-s. Ramsés. Y el signo ms tenía sentido, porque en copto mise significa «engendrar», «dar a luz». El cartucho no era un enigma decorativo: era una frase corta que decía algo así como «Ra lo ha engendrado».
La anécdota de que corrió al Institut, le soltó a su hermano «lo tengo» y se desplomó durante días viene de la familia, contada mucho después por su sobrino Aimé. Conviene tomarla como lo que es. Lo que sí está documentado es lo que ocurrió trece días más tarde.
Lo que la Piedra Rosetta no resolvió
La losa apareció en 1799 cerca de Rashid, en el delta, durante la campaña napoleónica; el oficial Pierre-François Bouchard dio la voz. Tras la capitulación de Alejandría de 1801 pasó a manos británicas y desde 1802 está en el British Museum. Contiene un decreto sacerdotal promulgado en Menfis en 196 a. C., en tiempos de Ptolomeo V, escrito tres veces: jeroglífico, demótico y griego.
Con el griego se podía leer el contenido. Eso no equivale a leer la escritura. Entre 1802 y 1814 la piedra estuvo disponible para media Europa y nadie sacó de ella un sistema. El sueco Johan David Åkerblad identificó nombres propios en la parte demótica y llegó a aislar valores sueltos, pero se quedó ahí, en parte porque asumía que el demótico era enteramente alfabético. Silvestre de Sacy, orientalista de peso y maestro de Champollion, avanzó poco y lo reconoció.
Lo que sí hizo Thomas Young
Hacia 1814, Thomas Young —médico, físico, el de la interferencia de la luz— se metió en el asunto casi como pasatiempo y aportó dos cosas serias. La primera: demostró que el demótico y el jeroglífico no eran sistemas ajenos, sino formas emparentadas de lo mismo. La segunda: se tomó en serio los cartuchos.
El razonamiento era razonable. Si esos óvalos encierran nombres reales, y el texto griego dice «Ptolemaios», los signos de dentro deberían corresponder a esos sonidos. Young repartió las letras entre los signos del cartucho de Ptolomeo y acertó varias. Publicó sus resultados en el suplemento de la Encyclopaedia Britannica en 1819.
Ahí se paró. Young pensaba que la fonética era una excepción reservada a nombres extranjeros —griegos, persas—, un apaño para escribir sonidos que la escritura sagrada no contemplaba. Para el resto seguía imaginando un sistema de símbolos. Le faltaba, además, algo que Champollion sí tenía.
La ventaja del copto
El copto es la última etapa de la lengua egipcia, escrita con alfabeto griego más unos signos tomados del demótico. Que descendía del egipcio antiguo lo había defendido ya en el siglo XVII el jesuita Athanasius Kircher, que se equivocó en casi todo lo demás. Champollion se lo tomó al pie de la letra: aprendió copto con la comunidad copta de París y llegó a escribir notas privadas en esa lengua.
Eso cambia el problema. Sin copto, un signo fonético es un sonido suelto. Con copto, ese sonido se puede contrastar con palabras reales: se puede comprobar que rē es sol, que mise es engendrar, que nūte es dios. El cartucho de Ramsés no se resolvió por combinatoria, sino porque había una lengua viva con la que verificar la hipótesis.
El caso decisivo fue Cleopatra, en el obelisco que William Bankes se llevó de File a Inglaterra: la p, la o y la l aparecían en las posiciones que exigía el cartucho de Ptolomeo. La prueba cruzada funcionaba.
La carta a Dacier y la palabra que confundió a todos
El 27 de septiembre de 1822, Champollion leyó ante la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres la Lettre à M. Dacier, dirigida a Bon-Joseph Dacier, secretario perpetuo de la institución. Entre el público estaba Thomas Young, que después reclamaría su parte del mérito con bastante razón y sin demasiado éxito.
En esa carta hay una tabla que Champollion llamó «alfabeto de los jeroglíficos fonéticos». La palabra se quedó, y desde entonces mucha gente cree que existe un abecedario egipcio. Existe un grupo de unos veinticuatro signos que valen por una sola consonante, y sirven para enseñar a los niños a escribir su nombre en los museos. Pero el sistema completo es otra cosa, y Champollion lo expuso en el Précis du système hiéroglyphique de 1824: los signos pueden funcionar como fonogramas de una, dos o tres consonantes; como logogramas, cuando el dibujo vale por la cosa dibujada; y como determinativos, signos mudos que se colocan al final de la palabra para indicar de qué categoría es.
El ejemplo de manual es el plano de casa, pr. Con un trazo vertical debajo, significa «casa». Sin él, aporta las consonantes p-r a otra palabra, como prj, «salir», que a su vez lleva detrás un par de piernas caminando para avisar de que ahí se habla de movimiento. Nadie pronunciaba las piernas. Estaban ahí para que el lector no se equivocara.
Por qué «Ramsés» no se pronunciaba Ramsés
La escritura egipcia anota consonantes y semiconsonantes. Las vocales no se escriben. Cuando un egiptólogo translitera nfr, no está diciendo cómo sonaba: está anotando el esqueleto consonántico. Para poder pronunciarlo en voz alta, la disciplina adoptó hace más de un siglo una convención puramente práctica: meter una e entre consonantes y leer ciertos signos como vocales. Así nfr se dice «néfer» y ḥtp se dice «hetep».
De ahí salen los nombres que todos usamos. Twt-ꜥnḫ-jmn se convierte en Tutankamón. El mismo faraón puede llamarse Amenhotep en la convención moderna y Amenofis en la transcripción griega, y ninguna de las dos formas es la que oía él.
Sí hay vías para acercarse al sonido real, y todas son indirectas: el copto, que conserva las vocales de la etapa final; las transcripciones griegas de época tardía; y las escrituras silábicas de otras lenguas, que sí anotan vocales. En la versión hitita del tratado con Egipto, Ramsés II aparece escrito en cuneiforme como Riamašeša. Es una foto tomada desde fuera, con el acento de un escriba extranjero, pero es una foto.
Lo que sigue en discusión
El reparto de méritos entre Young y Champollion nunca se cerró del todo, y la bibliografía anglosajona y la francesa siguen inclinando la balanza de manera distinta. La reconstrucción fonológica está más viva todavía: hay especialistas que defienden que el signo transliterado como ꜣ, tratado durante décadas como una consonante gutural, funcionaba en las etapas antiguas como una líquida próxima a una r o una l. Si eso se acepta, buena parte de las lecturas convencionales de nombres del Reino Antiguo habría que revisarla.
Lo que quedó firme desde 1824 es la arquitectura del sistema. Sonido, imagen y categoría, mezclados en la misma línea, y un lector que sabía cuál de las tres funciones tocaba en cada momento.
Foto de portada: Adrian Grycuk, CC BY-SA 3.0 pl, vía Wikimedia Commons
