La mañana del día 10 del segundo mes de la estación peret, en el año 29 del reinado de Ramsés III, los hombres que excavaban y decoraban las tumbas del Valle de los Reyes no subieron a trabajar. Bajaron. Cruzaron los cinco muros de la necrópolis —los mismos que marcaban el territorio vigilado donde no entraba cualquiera— y se sentaron en la parte trasera del templo funerario de Menkheperra, el de Tutmosis III, que para entonces llevaba tres siglos en pie. Allí se quedaron. No hubo asalto, ni incendio, ni motín. Hubo una sentada, y hubo un escriba tomando nota.
Ese escriba se llamaba Amennakht, hijo de Ipuy, y era el escriba de la Tumba: el funcionario que llevaba la contabilidad de la obra más cara del Estado. Su relato de aquellos días se conserva en un papiro que hoy está en el Museo Egizio de Turín, catalogado como P. Turin 1880 y conocido desde hace un siglo como el Papiro de la Huelga. Es, hasta donde alcanza la documentación conservada, el primer conflicto laboral del que tenemos un parte escrito por alguien que estaba delante.
Un pueblo que lo apuntaba todo
Deir el-Medina, en la orilla occidental de Tebas, no era una aldea cualquiera. Era un poblado cerrado, de unas sesenta y ocho casas dentro del muro, construido por la corona para alojar a la cuadrilla que trabajaba en las tumbas reales durante las dinastías XVIII a XX. Sus habitantes eran artesanos cualificados: canteros, dibujantes, escultores, pintores. Y una proporción llamativa de ellos sabía leer y escribir.
De ahí viene lo excepcional del sitio. La misión italiana de Ernesto Schiaparelli trabajó allí entre 1905 y 1909, pero la excavación sistemática la firma Bernard Bruyère para el Institut français d’archéologie orientale (IFAO), en campañas que se prolongaron de 1917 a 1947. Bruyère vació, entre otras cosas, el gran pozo del poblado, y de allí y de los vertederos salieron miles de óstraca: lascas de caliza y fragmentos de cerámica usados como papel de borrador. Jaroslav Černý dedicó buena parte de su vida a leerlos y ordenarlos; hoy el grueso del material no literario está catalogado en la base de datos de Deir el-Medina de la Universidad de Leiden, iniciativa asociada al trabajo de Robert Demarée.
Lo que contienen esos fragmentos no es literatura. Son listas de asistencia, entregas de grano, préstamos entre vecinos, denuncias por un burro robado, consultas al oráculo, sentencias del tribunal local, cartas privadas y algún ajuste de cuentas doméstico. El archivo administrativo de un pueblo entero, tirado a la basura y conservado por la sequedad del desierto.
Ocho días arriba, dos días abajo
Con ese material se puede reconstruir cómo era realmente una semana de trabajo egipcia. No tenía siete días, sino diez: la década. De esos diez, se trabajaban ocho, y los días 9 y 10 eran de descanso. Durante los ocho días de faena la cuadrilla no volvía a casa cada tarde: se quedaba en un campamento de cabañas levantado en el collado que separa el poblado del Valle de los Reyes, para no repetir la subida dos veces al día. Los fines de década se bajaba al pueblo.
La cuadrilla estaba dividida en dos mitades, el lado derecho y el lado izquierdo, cada una con su capataz, y el escriba por encima de ambos. El sueldo se pagaba en grano —del orden de cuatro sacos de trigo emmer y uno y medio de cebada al mes por obrero, con más para capataces y escriba—, complementado con pescado, verdura, aceite, leña y agua que traían proveedores externos. Todo eso dependía de que la administración del templo entregara a tiempo.
Y luego están los partes de faltas. El más famoso es un óstracon del British Museum, el O. BM EA 5634, que registra las ausencias de unos cuarenta obreros a lo largo del año 40 de Ramsés II. Junto a cada nombre, el motivo. Enfermedad. Ojos malos. Picadura de escorpión. Estaba embalsamando a su hermano. Estaba construyendo su casa. Estaba haciendo cerveza. Su mujer estaba con la regla. Estaba con el escriba. Ofrenda al dios. La cuadrilla de la tumba del faraón faltaba al trabajo por las mismas razones por las que falta cualquiera, y alguien lo anotaba sin escandalizarse.
Lo que pasó en el año 29
Contra ese fondo se entiende la sentada. Las raciones llevaban semanas de retraso, y el sistema no tenía colchón: sin entrega no había con qué comer. Según el papiro de Turín, los obreros se plantaron delante de los funcionarios con un argumento que no admitía mucha réplica:
Hemos llegado hasta aquí empujados por el hambre y la sed. No hay ropa, no hay ungüento, no hay pescado, no hay verduras. Escribid al faraón, nuestro buen señor, y escribid al visir, nuestro superior, para que se nos den provisiones.
Al día siguiente el grupo se desplazó a la puerta sur del Ramesseum. Después hubo más episodios, en ese mes y en los siguientes. Aparecieron el jefe de policía de la necrópolis, los administradores de los templos, y acabó interviniendo la cadena de mando hasta el visir. Se hicieron entregas parciales. La cosa se repitió. El reinado de Ramsés III se sitúa aproximadamente entre 1184 y 1153 a. C. según la cronología convencional del Reino Nuevo, de modo que estos hechos caen en torno a 1157 a. C., con el margen que arrastra esa datación.
Qué se discute todavía
Que el episodio ocurrió no está en duda: hay texto, hay autor identificable y hay contexto administrativo. Lo que sigue abierto es cómo interpretarlo.
- Si fue una huelga o una reclamación reglada. Varios especialistas señalan que dejar el trabajo y sentarse en un lugar visible pudo ser un procedimiento reconocido dentro de un sistema redistributivo, más cerca de una apelación formal que de la ruptura de un contrato. Otros subrayan la coacción real que suponía parar la obra funeraria del rey.
- Si el retraso fue local o sistémico. El trabajo de Jac. J. Janssen sobre los precios de las mercancías en época ramésida documentó oscilaciones fuertes en el precio del grano durante la dinastía XX. Para unos, los impagos apuntan a una crisis general del Estado; para otros, a un fallo concreto de los templos encargados de suministrar.
- Cuánto se puede generalizar. Deir el-Medina era un pueblo atípico: privilegiado, alfabetizado y pagado directamente por la corona. Lo que sus óstraca cuentan sobre horarios, ausencias y pleitos vale con seguridad para esa comunidad; extenderlo al campesinado del Delta es otra discusión.
El IFAO sigue trabajando en el yacimiento y el material continúa publicándose y digitalizándose, así que el expediente laboral de este pueblo todavía crece. Andrea McDowell reunió una buena selección traducida de estos documentos en Village Life in Ancient Egypt, y es la vía más directa para leer, sin intermediarios, la queja de un hombre que hace treinta y dos siglos anotó que no había pescado ni verduras.
Foto de portada: Diego Delso, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
