Los Pueblos del Mar: lo que Ramsés III mandó grabar en la pared de Medinet Habu

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Al oeste de Luxor, pasado el cruce donde la mayoría de los autobuses tuercen hacia el Valle de los Reyes, hay un templo al que casi nadie llega con tiempo. Se llama Medinet Habu y es el templo funerario de Ramsés III. En una de sus paredes exteriores, a pleno sol, está grabado el relato de la mayor crisis que vivió Egipto en toda su historia.

Lo mandó escribir el hombre que la vivió. Y hay que leerlo con cuidado, porque un texto grabado en piedra por un faraón nunca es solo un parte de guerra.

El nombre se lo pusimos nosotros

Empecemos por lo primero: no sabemos cómo se llamaban a sí mismos. «Pueblos del Mar» es una etiqueta moderna, no una traducción de nada.

La acuñó el egiptólogo francés Emmanuel de Rougé, que describió estos relieves de Medinet Habu a mediados del siglo XIX, y la popularizó después Gaston Maspero, que lo sucedió en el Collège de France y le añadió lo que ha llegado hasta nosotros: la idea de una gran migración de pueblos.

Conviene saberlo porque la etiqueta trae puesta una interpretación. Al decir «Pueblos del Mar» ya estamos diciendo que eran pueblos y que venían del mar, y ninguna de las dos cosas está tan clara como suena.

Lo que dice la inscripción

El pasaje más citado del templo, correspondiente al octavo año del reinado de Ramsés III, viene a decir esto:

Los países extranjeros conspiraron en sus islas. De pronto los pueblos fueron desplazados y dispersados por la guerra. Ningún país pudo resistir sus armas: Hatti, Qode, Karkemish, Arzawa y Alashiya fueron cortados. Se estableció un campamento en Amurru. Aniquilaron a su gente y su tierra quedó como si nunca hubiera existido. Avanzaban hacia Egipto.

Esa lista de nombres es la parte escalofriante, y merece desglosarse despacio.

Los reinos de la lista

  • Hatti es el imperio hitita, la otra superpotencia de la época, la misma con la que Egipto había firmado un tratado de paz una generación antes tras la batalla de Qadesh.
  • Karkemish, uno de los grandes centros del norte de Siria.
  • Arzawa, en el occidente de Anatolia.
  • Alashiya, que casi con seguridad es Chipre.
  • Amurru, la franja costera siria.

Y todos, según el texto, al mismo tiempo.

Los nombres de los invasores

Las inscripciones egipcias no hablan de un enemigo, sino de varios con nombre propio: peleset, tjeker, shekelesh, denyen, weshesh, sherden.

Algunos resuenan. Los peleset son, con bastante consenso, los que la Biblia llamará después filisteos, y de ahí sale, por una vuelta larga del idioma, el nombre de Palestina. A los denyen se los ha relacionado con los danaoi que Homero usa para nombrar a los griegos.

Otras identificaciones circulan mucho más de lo que aguantan. Que los sherden dieran nombre a Cerdeña y los shekelesh a Sicilia es una propuesta antigua y atractiva, pero sigue siendo una hipótesis discutida: encaja igual de bien que fueran a esas islas después, y no que vinieran de ellas.

No eran ejércitos, y ese es el detalle

Los relieves de Medinet Habu enseñan algo que un parte de guerra normal no enseñaría: carros tirados por bueyes cargados con mujeres y niños.

Eso no es una expedición militar. Es gente moviéndose con todo lo que tiene, que es un fenómeno muy distinto y bastante peor para quien está al otro lado. Un ejército derrotado se retira; una población desplazada no tiene adónde volver.

Cómo se lee hoy todo esto

Durante un siglo, el relato fue sencillo: llegaron los Pueblos del Mar y se llevaron por delante el mundo del Bronce Final. La investigación de las últimas décadas ha ido moviendo esa explicación de sitio.

Hay dos motivos.

El primero es de método. Casi todo lo que sabemos de ellos viene de fuentes egipcias, y las fuentes egipcias tienen un género: el faraón victorioso frente al caos extranjero. La lista de reinos «cortados» y la afirmación de que ninguno pudo resistir cumplen una función dentro del texto, que es agrandar lo que Ramsés III sí consiguió detener. Eso no significa que sea falso —Hatti se derrumbó de verdad en esos años—, pero sí que la piedra no es un informe neutral.

El segundo es de contexto. En ese mismo tramo de años hay indicios de sequías prolongadas en el Mediterráneo oriental, terremotos, rutas comerciales rotas y varias ciudades destruidas en un mundo donde los palacios dependían unos de otros para el estaño, el cobre y el grano. Cuando un sistema así se agrieta, se agrieta entero.

Por eso hoy se tiende a leer a los Pueblos del Mar más como consecuencia del colapso que como su causa: gente que se movió porque su mundo dejó de funcionar, y que al moverse empujó a otros. Una ficha de dominó grande, no la mano que las tira.

Qué queda del episodio

Egipto aguantó. Fue el único de los grandes que lo hizo, y lo pagó caro: el Reino Nuevo entra en su tramo final y no vuelve a ser lo que era.

De aquellos nombres borrosos salieron después pueblos con historia propia, asentados en costas que ya no eran las suyas. Y de la pared de un templo del desierto salió, tres mil años más tarde, una etiqueta de museo que seguimos usando por comodidad, sabiendo que no se la puso nadie de los que la llevan.

Si alguna vez cruza usted el Nilo hacia la orilla oeste, merece la pena reservar una hora para Medinet Habu. Los relieves siguen ahí, con el color agarrado en los huecos, contando una versión de los hechos que llevamos treinta siglos discutiendo.