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  • El diario de Merer: lo que la contabilidad de un capataz cuenta sobre la piedra de Keops

    El diario de Merer: lo que la contabilidad de un capataz cuenta sobre la piedra de Keops

    En la primavera de 2013, un equipo franco-egipcio dirigido por Pierre Tallet y Gregory Marouard estaba vaciando la arena de la entrada de unas galerías excavadas en la roca, en la costa del mar Rojo, unos 120 kilómetros al sur de Suez. Las galerías servían de almacén: allí se guardaban barcos desmontados, cuerdas, anclas de piedra. Entre los bloques de caliza que sellaban dos de ellas apareció un montón de fragmentos de papiro. Algunos eran del tamaño de un sello; otros medían medio metro.

    Cuando se pudieron leer, resultó que aquellos papiros no hablaban del mar Rojo. Hablaban de la Gran Pirámide, a más de doscientos kilómetros de allí, al otro lado del desierto oriental.

    Un cuaderno de obra de la cuarta dinastía

    El yacimiento es Wadi al-Jarf, el puerto operativo más antiguo conocido, excavado desde 2011 por una misión del Instituto Francés de Arqueología Oriental (IFAO) con la Universidad de París-Sorbona y el Ministerio de Antigüedades egipcio. Los papiros que salieron de allí son los documentos inscritos en papiro más antiguos que se conservan. Están fechados en el año posterior al decimotercer censo de Keops, es decir, en el tramo final de su reinado, en torno al 2560 a. C. según la cronología que se maneje. La datación no descansa en una técnica de laboratorio: los propios documentos llevan el nombre del rey y una contabilidad fechada día a día.

    Y ahí está lo interesante. No son un himno, ni una inscripción conmemorativa, ni una lista de títulos. Son papeleo. El más aburrido de los géneros egipcios y, por eso mismo, el más difícil de manipular.

    Quién era Merer

    El autor material de dos de los rollos —los que Tallet publicó como Diario A y Diario B— es un hombre llamado Merer. Su título se traduce habitualmente como inspector: estaba al frente de un equipo de unos cuarenta hombres, una de esas unidades de trabajo que la administración de la cuarta dinastía organizaba en cuadrillas con nombre propio. Merer no era arquitecto ni sacerdote. Era el tipo que apuntaba lo que hacía su gente cada jornada.

    El formato lo dice todo: una cuadrícula, con las columnas correspondientes a los días del mes egipcio y anotaciones breves en cada casilla. Zarpa. Carga. Pernocta. Vuelve a zarpar. Es un parte de trabajo con la misma lógica que tendría hoy el registro de un jefe de equipo de transporte.

    Tura, Guiza y una escala en medio

    La ruta que se repite en el diario va de las canteras de Tura, en la orilla oriental del Nilo, hasta Guiza, al monumento que los textos llaman Ajet-Jufu, el Horizonte de Keops. Tura daba la caliza fina, blanca, la del revestimiento exterior; no la piedra basta del núcleo, que salía de la propia meseta.

    Las entradas encadenan un circuito reconocible. El equipo carga en Tura, navega hacia Guiza, hace noche en un lugar llamado Ro-She Jufu —algo así como la entrada del estanque o de la cuenca de Keops—, entrega la carga en Ajet-Jufu al día siguiente y remonta el río de vuelta a la cantera. Un ciclo completo cabía en pocas jornadas, y el mismo equipo lo repite varias veces dentro del mismo mes. La ventaja de un documento así es que sustituye la especulación por una cadencia observada: ya no hay que imaginar cuánto tardaría una barcaza cargada, porque un hombre lo anotó.

    Ese Ro-She Jufu apunta a lo que Mark Lehner lleva años defendiendo desde el otro extremo de la ruta: que al pie de la meseta de Guiza hubo una cuenca portuaria alimentada por canales, conectada con el Nilo, y que la obra se abastecía por agua hasta casi el pie del monumento. Los sondeos del proyecto AERA en la zona baja de Guiza han ido documentando depósitos fluviales y estructuras compatibles con ese puerto interior. El diario de Merer y las excavaciones de Lehner se leen bien juntos porque describen los dos extremos del mismo trayecto.

    Sobre el conjunto aparece un nombre: Anj-haf, medio hermano del rey, que en los papiros figura al mando de los trabajos. De él se conserva un busto excepcional, hoy en el Museum of Fine Arts de Boston. Es raro poder poner cara al responsable de una obra de hace cuarenta y cinco siglos.

    Pan, cerveza y tejidos

    Junto a los diarios aparecieron documentos de otra naturaleza: cuentas de suministro. Registran entregas de grano, pan, cerveza y textiles a los equipos, con indicación de las instituciones que las servían. Distintos graneros y dominios alimentaban a la cuadrilla mientras esta se movía por el país.

    Aquí es donde estos papiros pesan más que cualquier argumento retórico contra la vieja idea de las masas de esclavos. No la refutan con una frase, la refutan con un sistema: hombres agrupados en unidades con nombre, un inspector que rinde cuentas, una cadena de avituallamiento que reparte raciones y ropa, y un calendario de rotaciones. Encaja con lo que se venía viendo sobre el terreno desde los años noventa en Heit el-Ghurab, el asentamiento de trabajadores al sur de la meseta, con sus panaderías, sus depósitos de restos de ganado y su cementerio de obreros excavado por Zahi Hawass, donde hay tumbas modestas pero cuidadas, con inscripciones y con esqueletos que muestran fracturas soldadas por manos expertas.

    Lo que sigue discutiéndose

    Que la piedra transportada sea caliza de Tura tiene una consecuencia que no todos leen igual. Para varios especialistas, el diario documenta la fase de acabado de la pirámide, el revestimiento, no el levantamiento del núcleo, de modo que sería un testimonio del final de la obra y no de su grueso. Otros son más prudentes y recuerdan que solo se conservan unos pocos meses de registro de un solo equipo, y que extrapolar de ahí el ritmo global de la construcción es forzar la muestra.

    Tampoco está cerrado el estatuto laboral de estos hombres. Que reciban raciones y estén encuadrados no aclara si eran personal permanente del Estado o cuadrillas reclutadas por temporadas, ni cómo se articulaba eso con las expediciones al Sinaí en las que el mismo Merer aparece implicado. La localización exacta de la cuenca de Guiza y el trazado de los canales siguen dependiendo de sondeos y de reconstrucciones paleoambientales que aún se están afinando.

    Queda una pregunta menor y bonita: por qué el cuaderno de un transportista de piedra acabó enterrado en un puerto del mar Rojo. La explicación que maneja la misión es que el mismo equipo servía en las expediciones marítimas que salían de Wadi al-Jarf hacia las minas del Sinaí, y que sus archivos administrativos viajaron con él y se quedaron allí cuando las galerías se sellaron por última vez. Un descuido burocrático de la cuarta dinastía es, hoy, la mejor descripción que tenemos de cómo se construyó la Gran Pirámide.

  • La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

    La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

    Alguien, hace unos dos mil seiscientos años, escribió en el barro de un cuenco lo que había que hacer con su contenido: ponerlo sobre la cabeza. No era una fórmula ritual ni una plegaria. Era una etiqueta, del mismo tipo que hoy llevaría un bote en la estantería de un laboratorio, escrita para que el siguiente en usarla no se equivocara. El cuenco apareció en el fondo de un pozo de Saqqara, junto a otros muchos que también llevaban instrucciones parecidas: para lavar, para tratar la piel, para que su olor resulte agradable.

    Ese conjunto de recipientes rotulados es, hasta la fecha, lo más parecido que existe a un recetario del embalsamamiento egipcio escrito por quienes lo practicaban. Y durante seis años nadie supo del todo qué había dentro.

    Un taller a treinta metros bajo la arena

    El complejo salió a la luz en 2016, en el área situada al sur de la pirámide de Unas, durante los trabajos de la misión egipcio-alemana dirigida por Ramadán Badry Hussein, de la Universidad de Tubinga, en colaboración con el ministerio egipcio de Antigüedades. La estructura combina un espacio de trabajo en superficie con un pozo que baja unos treinta metros hasta una cámara subterránea donde se realizaban las operaciones, y desde la que se accede a varias cámaras funerarias.

    La datación sitúa el uso del taller en el periodo saíta, en torno a la dinastía XXVI, aproximadamente entre 664 y 525 a. C., aunque el conjunto arquitectónico se reutilizó después. Es una fecha tardía en la larga historia de la momificación egipcia, y conviene tenerla presente: lo que se hacía en Saqqara en el siglo VI a. C. no tiene por qué coincidir con lo que se hacía mil años antes en Tebas.

    Los arqueólogos recuperaron allí una treintena de vasijas cerámicas —cuencos, copas, recipientes de medida— con restos adheridos y, en muchos casos, con inscripciones en hierático. Algunas indican el nombre del producto. Otras, la operación. Unas cuantas, las dos cosas. Hussein murió en marzo de 2022, antes de que se publicaran los resultados del análisis químico al que se sometieron esos restos.

    Lo que salió en el cromatógrafo

    El estudio apareció en Nature en febrero de 2023, firmado por un equipo encabezado por Maxime Rageot y Philipp Stockhammer, con participación de la Universidad de Tubinga, la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich y el Centro Nacional de Investigación de El Cairo. La técnica es conocida: cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas, que separa los compuestos de una mezcla e identifica cada uno por su firma molecular. Aplicada a un residuo pegado al interior de una vasija, permite reconstruir con bastante detalle qué grasas, aceites y resinas se mezclaron dentro.

    Aparecieron grasas animales, cera de abeja, aceites vegetales, betún, alquitranes obtenidos de coníferas —enebro, ciprés, cedro— y resinas de varios géneros. Entre ellas, tres que no cuadran con la idea de un embalsamamiento abastecido con productos del valle del Nilo y del desierto oriental:

    • Resina de Pistacia, procedente de árboles del Mediterráneo oriental y del Levante.
    • Elemí, una oleorresina del género Canarium, presente en zonas tropicales de África y del sudeste asiático.
    • Dammar, resina de árboles del género Shorea, que crecen en las selvas del sudeste asiático y no en África.

    La conclusión que se sigue de ahí no tiene que ver con el más allá, sino con rutas comerciales. Para embalsamar a un difunto de cierta posición en Saqqara hacía falta material que había recorrido miles de kilómetros, probablemente en varias etapas y a través de intermediarios. El taller funerario estaba conectado, a su manera, con el comercio de larga distancia del primer milenio a. C.

    Palabras que no significaban lo que se creía

    La parte más incómoda para la egiptología llegó al cruzar los rótulos con los residuos. Dos términos aparecen una y otra vez en los textos funerarios egipcios: antiu y sefet. El primero se venía traduciendo habitualmente como mirra o incienso; el segundo, como un aceite o ungüento concreto de la lista canónica de los siete aceites sagrados.

    En las vasijas de Saqqara, los recipientes rotulados con esos nombres no contenían una sustancia única, ni la que cabía esperar. Lo que aparecía eran mezclas: en el caso de antiu, combinaciones de grasas animales con aceites y alquitranes de cedro y de cupresáceas, sin rastro de mirra. El nombre, por tanto, parece designar una preparación —un producto de taller, con su fórmula— y no una materia prima botánica identificable. Distintos recipientes con la misma etiqueta contienen composiciones que no son idénticas entre sí.

    Las instrucciones añaden una capa más. El emparejamiento entre operación y sustancia deja de ser genérico: sobre la cabeza iba una preparación distinta de la que se aplicaba a la piel, y esta a su vez distinta de la que impregnaba las vendas. Hay una lógica de especialización por zona del cuerpo, y en varios casos las propiedades de los ingredientes —antibacterianas, antifúngicas, aromáticas— encajan con la función que tenían que cumplir.

    Heródoto, corregido por el frasco

    La descripción del embalsamamiento que más ha circulado en Occidente es la de Heródoto, en el libro II de sus Historias, escrita hacia mediados del siglo V a. C. Habla de tres procedimientos según el precio, menciona la extracción del cerebro por la nariz, el natrón y la inyección de un aceite de cedro en el abdomen para el método intermedio.

    Heródoto escribió, cronológicamente, muy cerca del momento en que funcionaba el taller de Saqqara, y sin embargo su relato es el de un visitante que recoge lo que le cuentan. Los residuos apuntan a un proceso bastante más segmentado que el suyo, con productos importados que él no menciona y con nombres egipcios cuyo contenido real solo se puede establecer analizando el poso de las vasijas. Su testimonio conserva valor como descripción externa; deja de servir como inventario de materiales.

    Lo que sigue discutiéndose

    Varias cosas quedan abiertas. La identificación del dammar y del elemí se apoya en marcadores moleculares que otros especialistas consideran menos exclusivos de lo que parece, dado que resinas de distintas burseráceas comparten componentes; hay quien pide más muestras antes de dar por firme la conexión con el sudeste asiático. Tampoco está claro si esos materiales llegaban por vía marítima desde el Índico o por rutas terrestres a través de Arabia, ni desde cuándo.

    Y está el problema de la representatividad. Saqqara ofrece un taller, una época y una clientela concreta. Extender sus fórmulas a los tres mil años largos de práctica funeraria egipcia sería ir mucho más allá de lo que sostienen los datos. La vía para comprobarlo pasa por aplicar el mismo análisis a residuos de otros yacimientos y otras dinastías, con la esperanza de que en alguno de ellos vuelva a aparecer alguien que tuvo la costumbre de escribir en el barro para qué servía cada cosa.

  • El corredor de la cara norte de Keops: qué ha medido de verdad la muografía

    El corredor de la cara norte de Keops: qué ha medido de verdad la muografía

    En marzo de 2023, la revista Nature Communications publicó la caracterización de una cavidad alargada situada detrás de la estructura de bloques en ángulo —los llamados chevrones— que se ve en la cara norte de la Gran Pirámide de Guiza, por encima de la entrada original. El trabajo lo firmaba el equipo de ScanPyramids, la misión que desde 2015 aplica técnicas no destructivas a las pirámides del Reino Antiguo bajo la codirección del HIP Institute y la Facultad de Ingeniería de la Universidad de El Cairo, con permiso del Ministerio de Antigüedades egipcio. La cifra que circuló por la prensa fue la de un pasadizo secreto de nueve metros. Lo que hay detrás de esa cifra merece contarse con algo más de detalle, porque explica bien qué puede y qué no puede hacer la muografía.

    Partículas del espacio como fuente de luz

    Los rayos cósmicos que llegan a la alta atmósfera generan cascadas de partículas, y entre los productos que alcanzan la superficie destacan los muones: partículas del mismo tipo que el electrón pero unas doscientas veces más masivas, capaces de atravesar decenas de metros de roca antes de detenerse. A nivel del mar llega aproximadamente un muón por centímetro cuadrado y minuto, de forma continua y desde todas las direcciones del cielo.

    La idea es la misma que la de una radiografía, con dos diferencias importantes. La fuente no se controla: es el cielo, y hay que esperar semanas o meses a acumular estadística suficiente. Y lo que se mide no es una imagen, sino cuántos muones llegan por cada dirección del cielo. Donde el detector registra un exceso de muones respecto a lo que predice el modelo de la pirámide maciza, hay menos materia en esa línea de visión de la que debería haber. Eso es un vacío. El método lo aplicó Luis Álvarez a la pirámide de Kefrén a finales de los sesenta, sin resultados positivos; lo que ha cambiado desde entonces son los detectores.

    ScanPyramids empleó tres tecnologías independientes, y esa redundancia es la parte más sólida del planteamiento. La Universidad de Nagoya, con el equipo de Kunihiro Morishima, instaló películas de emulsión nuclear: detectores pasivos, sin electrónica ni alimentación, que registran las trazas y se revelan y escanean después en laboratorio. El KEK japonés aportó hodoscopios de centelleo, que sí dan lectura electrónica en tiempo real. Y el CEA francés, con el grupo de Sébastien Procureur, desplegó telescopios de gas de tipo micromegas, colocados en el exterior de la cara norte. Antes de trabajar en Keops, la misión validó el procedimiento en la pirámide Acodada de Dahshur, donde la muografía reprodujo cámaras y corredores ya conocidos.

    Qué resolución tiene en realidad

    Aquí es donde conviene bajar las expectativas. Un telescopio de muones mide direcciones, no distancias. Su precisión angular es buena, pero se traduce en precisión espacial dividida por la distancia al objeto: una misma resolución angular que distingue detalles de decenas de centímetros a diez metros del detector solo distingue estructuras de varios metros a cien metros. Por eso el corredor de la cara norte pudo acotarse con relativa finura —los detectores estaban muy cerca, dentro del corredor descendente y pegados al exterior de la fachada— y el gran vacío interior, mucho más lejano de cualquier punto accesible, sigue descrito con márgenes amplios.

    Además, la muografía no ve arquitectura. Ve densidad integrada a lo largo del camino del muón. Puede afirmar que en cierto volumen falta masa; no puede decir si las paredes están talladas, si hay revestimiento, si el espacio contiene algo o si su suelo está a un nivel o a otro. Cualquier titular que hable de una cámara con contenido está añadiendo información que el instrumento no proporciona.

    El corredor y el endoscopio

    La anomalía de la cara norte se anunció ya en 2016 como una zona de exceso de muones detrás de los chevrones. El trabajo de 2023 la describió como una cavidad de en torno a nueve metros de longitud y aproximadamente dos metros de anchura y de altura, con el techo apuntado, siguiendo el mismo perfil que los bloques inclinados que se ven desde fuera.

    Lo que dio peso definitivo al resultado no fue la muografía sola, sino la comprobación directa. Un equipo de la Universidad Técnica de Múnich, especializado en ensayos no destructivos, trabajó con ultrasonidos y radar sobre la zona y localizó una junta abierta entre bloques por la que se introdujo un endoscopio de unos seis milímetros de diámetro. Las imágenes mostraron un espacio vacío coherente con lo predicho: paredes de caliza sin decoración, suelo cubierto de fragmentos, un techo a dos aguas. Es un caso poco frecuente en el que una predicción hecha con partículas subatómicas se contrasta con una cámara metida por un agujero.

    Por qué se piensa en descarga de peso

    La interpretación más discutida no es la existencia del corredor, sino su función. La hipótesis que manejan los propios autores y buena parte de los especialistas es constructiva: los chevrones de la cara norte son una estructura de descarga que desvía el peso de la mampostería hacia los lados de la entrada original, y el vacío que hay detrás formaría parte de ese mismo sistema. Keops contiene un precedente evidente en las cinco cámaras superpuestas sobre la cámara del rey, cuyo cometido es exactamente ese. Un hueco sin decoración, sin acceso desde el interior conocido y alineado con una estructura de descarga encaja mejor en la ingeniería del monumento que en la idea de un espacio ceremonial.

    No todo el mundo se ha quedado ahí. Zahi Hawass ha defendido en varias ocasiones que el corredor podría conducir a algo más, y la posibilidad de que descargue el peso sobre otra estructura todavía no localizada se ha planteado también desde el propio equipo. La diferencia entre una y otra postura no es de datos, sino de qué se considera razonable inferir a partir de ellos.

    El vacío grande sigue sin explicarse

    El otro resultado, publicado en Nature en noviembre de 2017, es de otra escala: una cavidad de al menos treinta metros de longitud situada por encima de la Gran Galería, con una sección transversal comparable a la de esta. Las tres tecnologías de detección la vieron por separado, lo que hace difícil atribuirla a un artefacto instrumental. Lo que no se sabe es prácticamente todo lo demás. Análisis posteriores de los mismos datos han propuesto que podría estar inclinada, o incluso que lo detectado corresponda a más de un espacio contiguo en lugar de a un único conducto.

    Sobre su función se han planteado desde una segunda galería de descarga hasta una cámara vinculada al proceso constructivo, y ninguna de esas propuestas se ha podido someter a la prueba que sí superó el corredor norte: mirar dentro. No hay junta accesible que lleve hasta allí, y perforar la Gran Pirámide para comprobarlo no está sobre la mesa. Lo previsible es que la siguiente respuesta llegue por donde llegó la pregunta, con campañas de detección más largas y detectores colocados en posiciones nuevas que permitan triangular mejor la forma y la orientación del volumen.