La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

La receta del embalsamamiento, leída en el fondo de las vasijas de Saqqara

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Alguien, hace unos dos mil seiscientos años, escribió en el barro de un cuenco lo que había que hacer con su contenido: ponerlo sobre la cabeza. No era una fórmula ritual ni una plegaria. Era una etiqueta, del mismo tipo que hoy llevaría un bote en la estantería de un laboratorio, escrita para que el siguiente en usarla no se equivocara. El cuenco apareció en el fondo de un pozo de Saqqara, junto a otros muchos que también llevaban instrucciones parecidas: para lavar, para tratar la piel, para que su olor resulte agradable.

Ese conjunto de recipientes rotulados es, hasta la fecha, lo más parecido que existe a un recetario del embalsamamiento egipcio escrito por quienes lo practicaban. Y durante seis años nadie supo del todo qué había dentro.

Un taller a treinta metros bajo la arena

El complejo salió a la luz en 2016, en el área situada al sur de la pirámide de Unas, durante los trabajos de la misión egipcio-alemana dirigida por Ramadán Badry Hussein, de la Universidad de Tubinga, en colaboración con el ministerio egipcio de Antigüedades. La estructura combina un espacio de trabajo en superficie con un pozo que baja unos treinta metros hasta una cámara subterránea donde se realizaban las operaciones, y desde la que se accede a varias cámaras funerarias.

La datación sitúa el uso del taller en el periodo saíta, en torno a la dinastía XXVI, aproximadamente entre 664 y 525 a. C., aunque el conjunto arquitectónico se reutilizó después. Es una fecha tardía en la larga historia de la momificación egipcia, y conviene tenerla presente: lo que se hacía en Saqqara en el siglo VI a. C. no tiene por qué coincidir con lo que se hacía mil años antes en Tebas.

Los arqueólogos recuperaron allí una treintena de vasijas cerámicas —cuencos, copas, recipientes de medida— con restos adheridos y, en muchos casos, con inscripciones en hierático. Algunas indican el nombre del producto. Otras, la operación. Unas cuantas, las dos cosas. Hussein murió en marzo de 2022, antes de que se publicaran los resultados del análisis químico al que se sometieron esos restos.

Lo que salió en el cromatógrafo

El estudio apareció en Nature en febrero de 2023, firmado por un equipo encabezado por Maxime Rageot y Philipp Stockhammer, con participación de la Universidad de Tubinga, la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich y el Centro Nacional de Investigación de El Cairo. La técnica es conocida: cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas, que separa los compuestos de una mezcla e identifica cada uno por su firma molecular. Aplicada a un residuo pegado al interior de una vasija, permite reconstruir con bastante detalle qué grasas, aceites y resinas se mezclaron dentro.

Aparecieron grasas animales, cera de abeja, aceites vegetales, betún, alquitranes obtenidos de coníferas —enebro, ciprés, cedro— y resinas de varios géneros. Entre ellas, tres que no cuadran con la idea de un embalsamamiento abastecido con productos del valle del Nilo y del desierto oriental:

  • Resina de Pistacia, procedente de árboles del Mediterráneo oriental y del Levante.
  • Elemí, una oleorresina del género Canarium, presente en zonas tropicales de África y del sudeste asiático.
  • Dammar, resina de árboles del género Shorea, que crecen en las selvas del sudeste asiático y no en África.

La conclusión que se sigue de ahí no tiene que ver con el más allá, sino con rutas comerciales. Para embalsamar a un difunto de cierta posición en Saqqara hacía falta material que había recorrido miles de kilómetros, probablemente en varias etapas y a través de intermediarios. El taller funerario estaba conectado, a su manera, con el comercio de larga distancia del primer milenio a. C.

Palabras que no significaban lo que se creía

La parte más incómoda para la egiptología llegó al cruzar los rótulos con los residuos. Dos términos aparecen una y otra vez en los textos funerarios egipcios: antiu y sefet. El primero se venía traduciendo habitualmente como mirra o incienso; el segundo, como un aceite o ungüento concreto de la lista canónica de los siete aceites sagrados.

En las vasijas de Saqqara, los recipientes rotulados con esos nombres no contenían una sustancia única, ni la que cabía esperar. Lo que aparecía eran mezclas: en el caso de antiu, combinaciones de grasas animales con aceites y alquitranes de cedro y de cupresáceas, sin rastro de mirra. El nombre, por tanto, parece designar una preparación —un producto de taller, con su fórmula— y no una materia prima botánica identificable. Distintos recipientes con la misma etiqueta contienen composiciones que no son idénticas entre sí.

Las instrucciones añaden una capa más. El emparejamiento entre operación y sustancia deja de ser genérico: sobre la cabeza iba una preparación distinta de la que se aplicaba a la piel, y esta a su vez distinta de la que impregnaba las vendas. Hay una lógica de especialización por zona del cuerpo, y en varios casos las propiedades de los ingredientes —antibacterianas, antifúngicas, aromáticas— encajan con la función que tenían que cumplir.

Heródoto, corregido por el frasco

La descripción del embalsamamiento que más ha circulado en Occidente es la de Heródoto, en el libro II de sus Historias, escrita hacia mediados del siglo V a. C. Habla de tres procedimientos según el precio, menciona la extracción del cerebro por la nariz, el natrón y la inyección de un aceite de cedro en el abdomen para el método intermedio.

Heródoto escribió, cronológicamente, muy cerca del momento en que funcionaba el taller de Saqqara, y sin embargo su relato es el de un visitante que recoge lo que le cuentan. Los residuos apuntan a un proceso bastante más segmentado que el suyo, con productos importados que él no menciona y con nombres egipcios cuyo contenido real solo se puede establecer analizando el poso de las vasijas. Su testimonio conserva valor como descripción externa; deja de servir como inventario de materiales.

Lo que sigue discutiéndose

Varias cosas quedan abiertas. La identificación del dammar y del elemí se apoya en marcadores moleculares que otros especialistas consideran menos exclusivos de lo que parece, dado que resinas de distintas burseráceas comparten componentes; hay quien pide más muestras antes de dar por firme la conexión con el sudeste asiático. Tampoco está claro si esos materiales llegaban por vía marítima desde el Índico o por rutas terrestres a través de Arabia, ni desde cuándo.

Y está el problema de la representatividad. Saqqara ofrece un taller, una época y una clientela concreta. Extender sus fórmulas a los tres mil años largos de práctica funeraria egipcia sería ir mucho más allá de lo que sostienen los datos. La vía para comprobarlo pasa por aplicar el mismo análisis a residuos de otros yacimientos y otras dinastías, con la esperanza de que en alguno de ellos vuelva a aparecer alguien que tuvo la costumbre de escribir en el barro para qué servía cada cosa.

Foto de portada: Djehouty, Public domain, vía Wikimedia Commons